Se trata de la primera vez que un jefe de Estado chino asiste a esta ceremonia decenal, lo que convierte la visita en un gesto de gran trascendencia política y simbólica.
La presencia de Xi en la capital tibetana no es un simple acto protocolar: es un mensaje directo tanto al interior de China como a la comunidad internacional. A nivel interno, el mandatario busca reforzar la narrativa de unidad interétnica y cohesión nacional, destacando que los intentos de dividir el país o desestabilizarlo están “destinados al fracaso”. En otras palabras, Pekín deja en claro que la cuestión tibetana no es negociable.
De cara al exterior, la visita representa una respuesta contundente a los sectores que desde Occidente promueven discursos sobre la independencia tibetana o el supuesto “reino espiritual” del Dalai Lama, actualmente envuelto en la polémica sobre su proceso de “reencarnación”.
El viaje de Xi envía la señal de que China no solo tiene control político y militar sobre el Tíbet, sino también legitimidad histórica y cultural para mantenerlo dentro de sus fronteras.
Desarrollo y estabilidad como eje del discurso
Durante su discurso, Xi pidió “gobernabilidad, estabilidad social, unidad interétnica y armonía religiosa”. Al mismo tiempo, destacó que el desarrollo económico ha mejorado sustancialmente la calidad de vida en la región montañosa, lo que contrasta con las narrativas que pretenden presentar al Tíbet como un territorio oprimido.
Con nuevas infraestructuras, proyectos de conectividad y políticas de integración, China busca mostrar que el Tíbet de hoy está lejos de ser el enclave aislado y pobre que fue en el pasado.
El trasfondo geopolítico
La visita también debe leerse en el contexto internacional. Estados Unidos y otros países han utilizado históricamente la causa tibetana como herramienta de presión contra Pekín, del mismo modo que lo hacen con Taiwán, Xinjiang o Hong Kong.
Con su presencia en Lhasa, Xi Jinping lanza un mensaje inequívoco: China no permitirá intervenciones externas ni cuestionamientos a su soberanía en sus regiones estratégicas.
El separatismo tibetano, alentado desde Occidente como herramienta de presión geopolítica contra China, encuentra en la figura del Dalai Lama su mayor símbolo y punto de cohesión. Su discurso sobre la “reencarnación” —que ahora intenta proyectar más allá de su propia vida— no es solo un recurso espiritual, sino también una jugada política que busca perpetuar un liderazgo paralelo al del Estado chino y mantener viva la narrativa de un Tíbet independiente.
Pekín, consciente de ello, ha advertido en múltiples ocasiones que la reencarnación del Dalai Lama no puede ser manipulada por intereses externos, y ha reforzado su estrategia de integración en la región para neutralizar este tipo de maniobras.
El simbolismo de la visita va más allá del Tíbet. Marca un precedente en la política de consolidación territorial de China, mostrando al mundo que cualquier intento de dividirla choca con una realidad política, militar y cultural que hoy está más fortalecida que nunca.
Aunque Pekín refuerza su control, el Tíbet seguirá siendo un terreno donde las potencias extranjeras intentarán sembrar discordia. Sin embargo, la visita de Xi Jinping deja claro que China está decidida a blindar su integridad territorial y proyectar su fuerza hacia el futuro, tanto en el Himalaya como en la arena internacional.
*Foto de la portada: Yan Yan (AP)

