El domingo 3 de agosto, en el contexto de la conmemoración judía conocida como Tishá B’Av —fecha que recuerda la destrucción del Templo de Jerusalén—, el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben Gvir, encabezó una incursión masiva en el recinto de la mezquita de Al-Aqsa, junto a más de tres mil colonos israelíes. La acción fue escoltada por fuerzas del ejército y la policía, y tuvo como objetivo claro un acto de provocación política-religiosa, bajo el argumento de la “reivindicación histórica del Monte del Templo”.
Una provocación anunciada
Durante la madrugada anterior, Ben Gvir ya había encabezado una marcha de colonos en la Ciudad Vieja de Jerusalén, donde proclamó: “No nos conformamos con el luto; pensamos en construir el Templo y en imponer dominio, también en Gaza”. Su discurso no fue una simple declaración populista: forma parte de una agenda sostenida por sectores extremistas del sionismo religioso, que desde hace décadas promueven la reconstrucción del Tercer Templo en el mismo lugar donde se encuentra la mezquita de Al-Aqsa, el tercer sitio más sagrado para el islam.
Grupos como el llamado «Movimiento del Templo», apoyados financiera y políticamente por parlamentarios y ministros israelíes, convocaron la jornada como “el día de la mayor irrupción en Al-Aqsa”. Se realizaron rituales talmúdicos, cánticos religiosos y celebraciones masivas en un espacio donde, según el statu quo vigente desde 1967, está prohibido que no musulmanes recen o realicen actos religiosos.
La memoria del Templo: una narrativa de dominación
Para comprender el trasfondo de estas acciones, es clave abordar la historia del Segundo Templo de Jerusalén, destruido en el año 70 d.C. por las legiones romanas de Tito durante la revuelta judía. Su destrucción marcó el fin del sacerdocio israelita, el inicio de la diáspora judía y el paso del judaísmo a una religión centrada en la Torá y la sinagoga.
Sin embargo, en sectores mesiánicos del judaísmo moderno —particularmente entre los sionistas religiosos y colonos radicalizados— la nostalgia del Templo ha sido convertida en una retórica nacionalista y expansionista, que vincula la supuesta redención del pueblo judío con la necesidad de reconstruir el Templo y ejercer dominio absoluto sobre Jerusalén.
Itamar Ben Gvir, miembro del partido ultraderechista Otzma Yehudit, encarna esta visión. Inspirado en el legado del rabino extremista Meir Kahane, ha promovido abiertamente políticas de limpieza étnica, expulsión de palestinos y judaización forzada de Jerusalén. La incursión en Al-Aqsa es un paso más en ese camino.
Al-Aqsa: tercer lugar sagrado del islam
La mezquita de Al-Aqsa, construida en el siglo VIII, es uno de los lugares más sagrados del islam. Según la tradición islámica, fue desde este lugar —conocido como al-Ḥaram al-Šarīf— que el profeta Muhammad ascendió a los cielos durante el Isrāʾ wa-l-Miʿrāj, un viaje espiritual y místico relatado en el Corán.
Desde hace siglos, Al-Aqsa ha sido centro de peregrinación, culto y administración islámica. El complejo, administrado formalmente por el Waqf jordano, es visto por los musulmanes como un símbolo de la soberanía religiosa palestina y árabe en Jerusalén, y como un límite sagrado que no puede ser profanado.
La entrada de fuerzas militares israelíes, junto a colonos fanatizados, es interpretada por el mundo islámico como una profanación deliberada y un intento de colonización espiritual. Por ello, el gesto de Ben Gvir fue inmediatamente condenado por la Autoridad Palestina, Jordania, Turquía y organizaciones islámicas de todo el mundo, incluyendo Hizbullah y Hamas, quienes advirtieron que estas acciones podrían desatar una nueva guerra religiosa.
Retórica del dominio y expansión colonial
El intento por transformar un acto de conmemoración religiosa en una reivindicación militar y territorial tiene profundas implicancias. El mensaje es claro: la reconstrucción del Templo requiere la destrucción de Al-Aqsa, y esa empresa, en la visión de Ben Gvir y sus aliados, solo puede lograrse mediante la expulsión definitiva de los musulmanes de Jerusalén.
Lo que está en juego no es solo una disputa por el control físico de un lugar sagrado, sino una batalla ideológica entre un proyecto teocrático-colonial —el del sionismo religioso que busca consagrar a Israel como «Estado judío» en todo el territorio de Palestina histórica— y una resistencia arraigada en los derechos religiosos, nacionales y culturales del pueblo palestino.
El silencio de Estados Unidos y Europa frente a esta provocación revela nuevamente la doble vara de la comunidad internacional, que mira con horror la quema de iglesias en otros contextos, pero tolera o justifica la militarización de lugares sagrados islámicos cuando el perpetrador es Israel.
*Nicolas Romero chileno, padre. Abogado de la Universidad de Chile, Magíster en Sociología de la misma casa de estudio y Director de Revista De Frente.
Artículo publicado originalmente en Revista de Frente.
Foto de portada: Itamar Ben Gvir / Bloomberg

