Oslo: 28 años de asentamientos y judaización de Palestina

Por Sayid Marcos Tenório*- Los Acuerdos de Oslo se han convertido en sinónimo de una paz fracasada y de una puñalada por la espalda para los palestinos, y representan un cadáver en medio de la habitación que espera ser enterrado.

Este 13 de septiembre se cumplieron 28 años de los llamados acuerdos de paz de Oslo, llamados así por la Declaración de Principios sobre Acuerdos Interinos de Autogobierno, firmada por el gobierno de Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1993 en Washington. Los acuerdos preveían, entre otras exigencias, la creación de la Autoridad Palestina (AP), responsable de la administración interna de los territorios de la Franja de Gaza y Cisjordania.

La declaración dejaba claro que el acuerdo también garantizaría la celebración de elecciones para un Consejo Legislativo Palestino, el traspaso de poder a la recién creada Autoridad Palestina y la retirada de las fuerzas israelíes de los centros de asentamiento palestinos, dividiendo el territorio de Cisjordania en tres zonas según el nivel de autonomía de cada gobierno.

La zona A estaría bajo el control exclusivo de los palestinos, donde la AP tendría autoridad sobre la seguridad interna y el orden público, además de hacerse cargo de la administración civil. Corresponde a cerca del 3% de Cisjordania, excepto Jerusalén Este (primera fase, 1995).

La zona B estaría bajo la autoridad civil palestina, pero con control militar israelí. Corresponde a cerca del 25% (primera fase, 1995) de Cisjordania. En 2011, el territorio ya se había reducido al 21%, incluyendo las zonas de las ciudades y pueblos palestinos, sin asentamientos israelíes.

La zona C estaría sujeta al control exclusivo de Israel, que mantendría los asuntos civiles y militares bajo su responsabilidad. Corresponde a un 72% aproximadamente (primera fase, 1995). Estas áreas incluyen todos los asentamientos israelíes (ciudades, pueblos y aldeas), algunas tierras vecinas, la mayoría de las carreteras restringidas a los israelíes y que conectan los asentamientos, así como las áreas estratégicas descritas como “zonas de seguridad”.

Con los palestinos a un lado de la mesa e Israel y Estados Unidos al otro, no haría falta mucha imaginación y conocimiento de la política internacional para predecir quién ganará y quién perderá al final de las negociaciones. En todas las cuestiones consideradas cruciales -Jerusalén, el agua, la compensación, la soberanía, la seguridad y la tierra- los palestinos no ganaron absolutamente nada. La alianza estadounidense-israelí logró todos los objetivos tácticos y estratégicos de los sionistas, en detrimento de las aspiraciones nacionales palestinas.

Desde el principio, los acuerdos se encontraron con la desaprobación del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), dirigido por George Habash, y del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP), dirigido por Nayef Hawatmeh, considerados los brazos armados de la OLP, que acusaron a Yasser Arafat principal dirigente de la organización y negociador del acuerdo, de abandonar los principios de la liberación nacional palestina en nombre de la adquisición de mayor poder, alegando que la organización estaba haciendo concesiones inaceptables sin contrapartidas adecuadas y marginando el papel de las Naciones Unidas (ONU).

Los movimientos de resistencia palestinos de orientación islámica, como el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) y la Yihad Islámica, también reforzaron su oposición a los acuerdos y se mostraron totalmente contrarios a cualquier compromiso contraído con los enemigos del Estado judío. Esta oposición se debía a la valoración de que la OLP estaba consintiendo la continuación de la ocupación y que, según los términos de las negociaciones, se convertiría en la ejecutora de políticas que sólo beneficiarían a Israel.

Este retroceso de la OLP y de su líder histórico, Yasser Arafat, llevó al intelectual palestino Edward Said a realizar una dura crítica del papel asumido por la organización, afirmando que era el “único movimiento de liberación del siglo XX que, antes de la independencia, incluso antes del fin de la ocupación colonial, se convirtió en colaborador de la fuerza de ocupación”[1].

Oslo se convirtió en sinónimo de una paz fracasada y una puñalada por la espalda para los palestinos, y a día de hoy representa un cadáver en medio de la habitación esperando ser enterrado. Fue una gran noticia falsa utilizada por los sionistas para avanzar en su proyecto colonial en Palestina, en el que la Autoridad Palestina se transformó en el gestor de las políticas de Israel en los territorios ocupados.

Hamás, que se ha posicionado en contra de estos acuerdos por considerar que son una trampa contra la lucha del pueblo palestino por la independencia y la autodeterminación, escribió en su programa político de 2017 que esos acuerdos “contravienen las normas rectoras del derecho internacional, ya que generan compromisos que violan el derecho inalienable del pueblo palestino”[2].

En una nota publicada el 13/9/21 con motivo del aniversario de la firma de los Acuerdos de Oslo, Hamás afirma que, después de 28 años, los acuerdos están desmoronando todos los frágiles cimientos en los que se apoyaron los firmantes y que “los resultados de Oslo se han circunscrito y resumido en el objetivo que perseguía la ocupación, que es convertir a la Autoridad Palestina en una herramienta de seguridad que acecha a la resistencia y la ha convertido en la ocupación más barata de la historia”[3].

Los resultados nefastos de los Acuerdos de Oslo se sienten en cada momento en la vida de los palestinos. Su efecto más evidente es el sentido común entre los partidarios de Israel sobre los supuestos derechos de la ocupación sobre los territorios ocupados en 1967, que se han ido materializando y expandiendo a través de colonias judías en Cisjordania que crecen como la mala hierba en territorio palestino.

Otra prueba de la negatividad de este acuerdo es la ampliación del muro de la vergüenza y el régimen draconiano de prisiones y la descarada separación de Cisjordania y Gaza, en contra de lo acordado en Oslo, para el mantenimiento de una unidad territorial entre ambos territorios.

Los Acuerdos de Oslo convierten en letra muerta varias resoluciones de la ONU, como el estatuto de Jerusalén como ciudad internacional y el derecho al retorno. Es la negación de todos los esfuerzos de paz. Fue la sentencia de muerte para la solución de los dos estados y los derechos de los palestinos. Oslo ha supuesto más ocupación, más democracia y más derechos para los judíos israelíes, mientras que para los palestinos ha supuesto menos derechos, más control y más cárceles, en un régimen de supremacía judía yapartheid similar al que existía en Sudáfrica.

[1]SAID, Edward W.; BARSAMIAN, David. A pena e a espada. São Paulo: EdUNESP, 2013, p. 138.

[2]TENÓRIO, Sayid Marcos. Palestina: do mito da terra prometido à terra da resistência. 1. ed. São Paulo: Anita Garibaldi, IBRASPAL, 2019, p. 375. [1]No 28º aniversário da assinatura dos Acordos de Oslo.

[3]Disponível em: https://hamas.ps/ar/post/13750

*Sayid Marcos Tenório es historiador, especialista en Relaciones Internacionales y colaborador de PIA Noticias. Es vicepresidente del Instituto Brasil-Palestina (Ibraspal) y autor del libro Palestina: del mito de la tierra prometida a la tierra de la resistencia (Anita Garibaldi/Ibraspal, 2019. 412 p). Correo electrónico: sayid.tenorio@uol.com.br -Twitter: @HajjSayid

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