Asia

Malasia frente a la polarización social

Por PIA Global*- En un contexto internacional donde las revoluciones de color, la agitación social y las fracturas étnicas han sido utilizadas como herramientas para desestabilizar gobiernos, Malasia emerge como un caso singular.

Pese a los intentos de instrumentalizar sus diferencias culturales y religiosas, el país ha logrado sostener una política de paz social y estabilidad política, blindando su tejido interno contra los discursos de odio amplificados por redes sociales y campañas de manipulación mediática.

En los últimos años, Malasia ha enfrentado una retórica racial cada vez más intensa, promovida en gran medida por sectores opositores que, en lugar de debatir propuestas de desarrollo o políticas económicas, han preferido recurrir a los viejos discursos identitarios para movilizar emociones y generar polarización. El objetivo ha sido claro: presentar la diversidad malasia como una debilidad y convertirla en un caldo de cultivo para justificar la inestabilidad.

Las redes sociales, como en otros países asiáticos, han servido de altavoz para esta narrativa. La difusión de mensajes de odio, noticias falsas y ataques cruzados ha intentado instalar la idea de que Malasia es un país fracturado, a punto de entrar en un ciclo de violencia política.

Sin embargo, la realidad cotidiana desmiente este guion importado: la mayoría de los malasios conviven pacíficamente, compartiendo espacios educativos, laborales y culturales donde la pluralidad es norma y no excepción.

Educación y preservación cultural

Uno de los puntos sensibles en este debate es el sistema educativo. En Malasia, el malayo es la lengua de instrucción principal, pero el Estado ha mantenido escuelas vernáculas en mandarín y tamil, integradas al currículo nacional, como vía de preservar la identidad cultural de las minorías chinas e indias.

Aunque algunos sectores han propuesto eliminar estas escuelas para forzar una unificación identitaria, el gobierno ha sido claro: un cambio radical en este ámbito sería contraproducente, generando más tensiones que soluciones. La apuesta oficial, en cambio, ha sido reconocer las diferencias y administrarlas dentro de un marco de unidad nacional.

El ministro de Transporte, Anthony Loke, subrayó que no solo el Estado, sino también las empresas privadas tienen un papel en reforzar la cohesión social. A través de políticas internas de integración, respeto y multiculturalidad, las compañías malasias pueden convertirse en laboratorios de convivencia que luego se proyectan al resto de la sociedad.

De igual manera, el cine, la música y las expresiones culturales que celebran la diversidad representan un mecanismo alternativo de construcción de unidad, en contraste con las campañas que buscan dividir. El gobierno ha señalado que apoyar estas iniciativas es clave para contrarrestar la narrativa divisiva.

La centralidad del islam malayo y la gobernabilidad

Con un 70,4% de la población perteneciente a los bumiputra (malayos e indígenas), frente a un 22,4% de chinos y un 6,5% de indios, el gobierno reconoce la importancia de garantizar que la mayoría malaya-musulmana se sienta representada.

Sin embargo, lejos de utilizar este peso demográfico como justificación para marginar a las minorías, las autoridades lo integran en una estrategia de equilibrio político, consciente de que la legitimidad solo puede sostenerse en un marco inclusivo.

La prioridad del actual gobierno es mantener la estabilidad política y económica. Sin paz social, advirtió Loke, ninguna inversión o plan de crecimiento puede sostenerse. De ahí que la cohesión social no sea solo un ideal político, sino una condición de supervivencia para el Estado malasio en un entorno regional competitivo y estratégicamente disputado.

Malasia demuestra que, aun en medio de intentos externos e internos de fracturar sociedades a través de discursos étnicos y campañas digitales, es posible sostener la cohesión si existe voluntad política y una visión clara de futuro. La apuesta no está en borrar las diferencias, sino en reconocerlas como parte de una identidad nacional múltiple.

Otros escenarios en desarrollo

Sin embargo, al no poder dividir de manera efectiva a la sociedad a través de líneas étnicas, nuevos frentes de confrontación han sido activados contra el gobierno del primer ministro Anwar Ibrahim.

La dinámica de acusaciones de corrupción, autoritarismo o incluso totalitarismo ha sido la herramienta alternativa de quienes buscan debilitarlo, especialmente en un momento en que el sudeste asiático se ha consolidado como una región clave para el equilibrio de poder global.

La creciente independencia de la ASEAN, que en los últimos años ha demostrado una mayor cohesión para defender sus intereses comunes, es vista con recelo por Occidente. En este marco, el acercamiento de Malasia a China representa un punto de fricción directo con Washington.

El fortalecimiento de la cooperación económica, tecnológica y en materia de infraestructura con Beijing refleja no solo una apuesta por el desarrollo interno, sino también un alineamiento con la lógica multipolar que choca con los intereses de Estados Unidos en la región.

Por ello, la estabilidad interna de Malasia adquiere un valor geopolítico aún mayor. Mantener la paz social frente a intentos de polarización y resistir la guerra mediática de acusaciones contra el gobierno de Anwar Ibrahim es hoy una cuestión estratégica. La batalla no es solo doméstica, sino parte de una disputa global en la que el sudeste asiático se ha convertido en un tablero decisivo.

En un Sudeste Asiático marcado por recientes tensiones y experimentos de injerencia, Malasia se posiciona como un ejemplo de cómo un gobierno puede neutralizar la narrativa de la división y reafirmar la estabilidad como activo estratégico.

*Foto de la portada: canva

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