Bajo el liderazgo de Donald Trump, la Casa Blanca ha anunciado un arancel del 100% a todos los semiconductores importados, salvo aquellos fabricados dentro del territorio estadounidense.
Esta maniobra, lejos de ser un gesto de proteccionismo clásico, responde a una urgencia estratégica: Estados Unidos quiere recuperar el control absoluto sobre la producción global de chips, clave para la economía digital y militar del siglo XXI.
No es solo Taiwán
La medida golpea especialmente a la isla asiática, cuya economía gira en gran parte en torno a las exportaciones de tecnología. Los aranceles ya vigentes del 20% sobre bienes taiwaneses –incluyendo desde maquinaria hasta productos agrícolas– se suman ahora a esta amenaza directa sobre la joya de su economía: la industria de semiconductores, liderada por gigantes como TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company).
Aunque TSMC ha sido momentáneamente eximida de los nuevos aranceles por haber iniciado una masiva inversión de 165.000 millones de dólares en fábricas de chips en Arizona, la advertencia es clara para el resto del sector: o trasladan su capacidad productiva a EE.UU., o pierden acceso al mercado más lucrativo del mundo.
La retórica de Trump puede sonar agresiva, pero detrás hay un cálculo geoestratégico más profundo. Estados Unidos ha perdido terreno en la manufactura de chips, un sector donde Asia –y especialmente China, Corea del Sur y Taiwán– se ha consolidado como líder global.
En medio de una competencia tecnológica sin precedentes, la Casa Blanca intenta ahora forzar el regreso de la cadena industrial de microchips a suelo americano, incluso si esto implica destruir a sus aliados más cercanos.
Esta política forma parte de un giro más amplio que se está consolidando en el aparato estatal estadounidense, incluyendo investigaciones bajo la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, lo que permitiría al Ejecutivo imponer medidas bajo el pretexto de proteger la seguridad nacional.
Esto podría extender los aranceles a otros segmentos tecnológicos clave, aumentando la presión sobre empresas asiáticas que hasta ahora han sido socios estratégicos.
Un juego de suma cero: cuando tus aliados son tratados como enemigos
El caso de Taiwán es emblemático: de ser considerado un socio indispensable, ahora es tratado como una amenaza económica que debe ser “domesticada” a través del chantaje arancelario.
Las empresas taiwanesas, atrapadas entre Washington y Pekín, se ven obligadas a tomar decisiones forzadas que comprometen su independencia operativa. Las reglas del juego han cambiado: la geoeconomía se impone sobre la libre competencia, y la ubicación geográfica de las fábricas se convierte en un arma de poder.
Esta política también podría tener consecuencias internas en EE.UU., con estados como Arizona convirtiéndose en nuevos polos industriales estratégicos. Pero el costo para la economía global puede ser alto: romper las cadenas de valor transnacionales no es solo caro, sino peligroso, especialmente en un sector donde los márgenes de error son mínimos y la interdependencia es crítica.
La ofensiva de Trump contra Taiwán no es un hecho aislado, sino parte de una reconfiguración global de la industria tecnológica. Estados Unidos está dispuesto a arrinconar incluso a sus socios para recuperar el control de la producción industrial estratégica, en un contexto de declive industrial interno y competencia multipolar creciente. Lo que está en juego no es solo el acceso a chips, sino el modelo mismo de globalización tecnológica que rigió durante las últimas décadas.
*Foto de la portada: Imagen autogenerada IA

