En un movimiento que revela la creciente ansiedad de Washington frente a la supremacía china en el campo de tierras raras, Estados Unidos ha decidido asociarse con Japón para impulsar la extracción de minerales estratégicos en aguas profundas alrededor de la isla de Minamitorishima, una remota porción del territorio japonés situada a unos 1.900 kilómetros al sureste de Tokio.
Este acuerdo, firmado recientemente entre el presidente estadounidense Donald Trump y la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, constituye un nuevo eje geoeconómico que pretende desafiar el dominio chino sobre la cadena de suministro de tierras raras.
El pacto —bautizado como Marco Japón-EE.UU. para Asegurar Minerales Críticos y Elementos de Tierras Raras— establece mecanismos conjuntos de financiación, subsidios, préstamos e inversiones públicas y privadas para garantizar el acceso estable a estos materiales, indispensables para la producción de microchips, baterías, turbinas eólicas, vehículos eléctricos y sistemas de defensa avanzados.
La isla de Minamitorishima: el nuevo “eldorado submarino” del Pacífico
Minamitorishima, una diminuta isla coralina dentro de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Japón, se perfila como el nuevo epicentro de la minería submarina. Según un estudio de la Universidad de Tokio y otras instituciones japonesas, en su entorno marino se encontrarían hasta 6,8 millones de toneladas de elementos de tierras raras, una cifra colosal si se compara con el consumo anual de Japón, que ronda apenas las 20.000 toneladas.
En enero de 2026, Japón planea iniciar pruebas de extracción a 6.000 metros de profundidad, con el objetivo de poner en marcha al año siguiente un sistema capaz de procesar hasta 350 toneladas de sedimentos por día.
Si las pruebas resultan exitosas, el país podría reducir de forma significativa su dependencia de las importaciones chinas, diversificando el acceso a un recurso que China ha utilizado durante décadas como arma geoeconómica.
No obstante, este avance no está exento de polémica. La minería submarina genera preocupaciones ambientales profundas. Los científicos aún desconocen el impacto que podría tener la alteración de los ecosistemas abisales y la liberación de metales pesados en las corrientes oceánicas.
Pese a las advertencias internacionales y los pedidos de moratoria, tanto Tokio como Washington apuestan por acelerar la exploración comercial de los fondos marinos, convencidos de que el tiempo apremia frente a la posición dominante de Pekín.

Una guerra tecnológica y estratégica sin fronteras
El trasfondo de esta iniciativa es claro: Estados Unidos libra una guerra por los recursos tecnológicos contra China, y las tierras raras son su talón de Aquiles. Pekín controla cerca del 70% de la producción global y más del 80% del refinado mundial de estos materiales, lo que le otorga una posición privilegiada en sectores estratégicos como la microelectrónica, las telecomunicaciones 5G y la industria militar.
Desde 2022, Washington ha multiplicado los acuerdos bilaterales con países del Sudeste Asiático, Australia e incluso África, buscando romper la dependencia estructural de la cadena de suministro china.
Sin embargo, la asociación con Japón representa un salto cualitativo, ya que combina tecnología avanzada, infraestructura marítima y capacidad industrial en un proyecto que apunta directamente al corazón del Pacífico.
Para Tokio, el acuerdo tiene también una dimensión de seguridad nacional. Desde la crisis diplomática con China en 2010 —cuando Pekín interrumpió temporalmente la exportación de tierras raras tras un conflicto marítimo—, Japón comprendió que su estabilidad industrial no puede depender de un solo proveedor. Por ello, la cooperación con Estados Unidos refuerza su papel como socio estratégico en la nueva arquitectura económica y militar del Indo-Pacífico.
Washington y Tokio frente a la hegemonía china
La alianza minera entre Estados Unidos y Japón se inserta dentro del marco más amplio de la estrategia del Indo-Pacífico Libre y Abierto, promovida por Washington y apoyada por sus aliados regionales para contener la influencia china.
La cooperación en tierras raras es solo una pieza más de un tablero geopolítico donde también convergen intereses militares, tecnológicos y energéticos.
La profundización de esta cooperación no sólo busca garantizar el suministro de materiales críticos, sino también impulsar el desarrollo de industrias locales capaces de refinar y procesar estos minerales, un área donde China sigue teniendo una ventaja tecnológica significativa.
En paralelo, ambos países intentan atraer a socios europeos y del Sudeste Asiático para crear un bloque alternativo de suministro global, controlado políticamente por Occidente.
Mientras Washington y Tokio avanzan, otras potencias —como Noruega, India y Corea del Sur— también exploran proyectos de minería en aguas profundas. Esto plantea el riesgo de una nueva carrera global por los recursos del subsuelo oceánico, en un contexto donde aún no existen regulaciones internacionales claras que protejan los ecosistemas marinos.
Si bien los defensores de esta actividad argumentan que el impacto ambiental es menor que el de la minería terrestre, los críticos advierten que el costo ecológico podría ser devastador e irreversible. En el fondo, la disputa no es solo por minerales, sino por quién dominará la próxima revolución tecnológica.
El Pacífico como nuevo escenario de confrontación geoeconómica
El acuerdo entre Estados Unidos y Japón para la explotación conjunta de tierras raras en Minamitorishima marca un nuevo capítulo en la guerra global por los recursos estratégicos. Lo que parece un proyecto minero encierra una competencia feroz por el control del futuro tecnológico del planeta.
China observa atentamente, consciente de que el avance de Washington y Tokio en Asia Oriental no sólo busca equilibrar el suministro de minerales, sino también erosionar la influencia geoeconómica de Pekín.
En ese contexto, el Pacífico deja de ser un océano de separación para convertirse en un campo de batalla silencioso, donde cada tonelada de sedimento extraído puede alterar el equilibrio de poder global.
*Foto de la portada: EPA

