Colaboraciones Multipolaridad Norte América

EE. UU: «la única superpotencia del mundo»

Por Omar José Hassaan Fariñas*. Especial para PIA Global. – Estados Unidos, el Derecho Internacional y un Mundo Irreversiblemente Multipolar.

Quienes desean analizar la geopolítica mundial detenidamente, y observar las tendencias y el movimiento de las “placas tectónicas” de las estructuras del sistema internacional, deben hacer una pausa analítica ante unos cuantos acontecimientos recientes, para ver qué nos dicen sobre la evolución del sistema internacional, para adónde vamos, y cómo los acontecimientos imponen cambios estructurales en el sistema internacional. Cada vez más, se evidencia que una lucha titánica se avecina en el ámbito internacional, una que tendrá como objeto principal, el propio derecho internacional.

El presidente estadounidense, Joe Biden, les informó a los graduados de la Academia Militar estadounidense en West Point, Nueva York, el 25 de mayo de 2024, que Estados Unidos es «la única superpotencia del mundo» y la «democracia líder», y elogió el papel del ejército estadounidense a la hora de «hacer frente a los tiranos…en todo el mundo y proteger la libertad y la apertura, etc.» [1]

La mayoría de los medios de comunicación estadounidenses y occidentales nos ha presentado la siguiente noticia, redactada más o menos en estos mismos términos, a saber: “La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el martes (4 de junio de 2024) un proyecto de ley liderado por los republicanos que impondría sanciones a la Corte Penal Internacional (CPI) después de que su fiscal principal recomendara cargos por crímenes de guerra contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. La legislación fue aprobada en una votación de 247 a 155. Cuarenta y dos demócratas cruzaron líneas partidistas para ayudar a los republicanos a aprobar el proyecto de ley, a pesar de la oposición de la Casa Blanca” [2]

La “ley” tiene un interesante nombre, que cualquier analista tendría pocos problemas en descifrar y contemplar el mensaje que le envía Estados Unidos al mundo entero con esta ley, y a la vez nos ofrece una ventana para observar la mentalidad estadounidense en su arduo proceso de percibir al mundo y a sí misma. El título de la ley es “Imponer sanciones con respecto a la Corte Penal Internacional que participe en cualquier esfuerzo para investigar, arrestar, detener o procesar a cualquier persona protegida de los Estados Unidos y sus aliados”, [3]. 

El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, calificó la acción de la CPI de «escandalosa» e «desmedida» en una conferencia de prensa el martes por la mañana antes de la votación. «La CPI debe ser castigada por esta acción», afirmó. «No podemos permitir que esto siga así. Si a la CPI se le permitió hacer esto y perseguir a los líderes de países con cuyas acciones no están de acuerdo, ¿por qué no iban a perseguir a Estados Unidos?» La noticia indica que se espera que el “Netanyahu” se dirija personalmente a ambas cámaras del Congreso en las próximas semanas. Recientemente aceptó una invitación de los cuatro principales líderes del Congreso, para hablar en una sesión conjunta del Congreso.

La legislación impondría “sanciones” a las personas involucradas en procesamientos de la CPI contra estadounidenses o ciudadanos aliados de Estados Unidos que no son miembros de la CPI, incluido naturalmente la Entidad Sionista. También bloquearía la entrada de dichos funcionarios de la CPI a Estados Unidos, revocaría cualquier visa estadounidense y les restringiría las transacciones de propiedades en Estados Unidos.

¿Qué nos indican, estas noticias resumidas arriba? Sencillamente, Estados Unidos se encuentra en un proceso de tratar de revertir – a la fuerza, que es el método que le queda para utilizar – un mundo que es esencialmente multipolar. Interesantemente, el país que tanto califica a sus adversarios como “revisionistas” y desarticuladores del orden existente (Rusia, China e Irán, por ejemplo), pero en realidad es este el primero en buscar como rearticular el sistema existente, lejos de su condición actual multipolar, y hacia una unipolaridad.

A pesar de tantas evidencias a lo contrario, el Señor Biden insiste en hablar con términos arcaicos y “reliquias” de la primera Guerra Fría, refiriéndose a su país como la “única” superpotencia, 32 años después del colapso de la Unión Soviética. Desde la II Guerra Mundial, Estados Unidos no ha tenido que indicarle a nadie que es la “única superpotencia”. Por eso, Estados Unidos ahorita nos hace recordar del bravucón del patio o del vecindario, que se puso tan gordo y viejo, que ya no puede a realmente intimidar a nadie, y solo le queda gritar incrédulamente a todos que él sigue siendo el más fuerte, con la esperanza de que alguien eventualmente se lo crea.

Durante los 90, era todo lo contrario. Estados Unidos se proyectaba al resto de la humanidad desde la cima de la arbitrariedad y la ilusión de omnipotencia en todas sus acciones internacionales, atacando y masacrando a civiles en Irak para que su Presidente de entonces pueda evitar ser enjuiciado por el Senado por mentir sobre sus indiscreciones sexuales con pasantes de la Casa Blanca. En esos momentos de la era Clinton, el inquilino de la Casa Blanca no gritaba que era la única superpotencia del planeta, más bien prefería hablar de ser el “líder moral del Mundo”, de la “grandeza del derecho internacional” y de “liderazgo por ejemplo”, a pesar de la naturaleza pornográfica del juicio contra ese mismo Presidente en el Senado, o de los miles de masacrados en Irak y la antigua Yugoslavia, entre tantos otros.

La clave de las transformaciones que son tan evidentes en estos días, no me canso de indicar y señalar, es precisamente la decisión del Señor George Bush hijo de saquear a Irak, de su petróleo, de su oro y de su posición geoestratégica en el Medio Oriente. A los sionistas le encantaron la idea de la invasión, no solamente por la destrucción de Mesopotamia, sino por el terror que generaría en tantos líderes árabes, ver a Saddam Hussein colgando de una soga, castigo a todos quienes desafían la superpotencia sionista y la unipolaridad estadounidense. Aparentemente, hombres como Ismail Haneya y Yehya El Sinwar en Hamas no vieron el video de ejecución de Saddam, porque estos causaron mucho más daño en solo ocho meses a los “poderosos” sionistas, que todo lo que Irak (durante el tiempo de Saddam Hussein) y Egipto (durante el tiempo de Nasser) combinados trataron de hacerle a la Entidad Sionista, durante décadas.   

No obstante, el proyecto estadounidense en Irak, por más que le trataron de otorgarle justificaciones “geopolíticas brillantes”, e insistir en que el propósito era geoestratégico y para recrear el Medio Oriente, y con una visión geopolítica de largo plazo, en realidad fue una mera y vulgar atraco a mano armada para saquear las riquezas a favor de las compañías de los verdaderos “Presidentes” de entonces, los señores Dick Cheney y Donald Rumsfeld. El problema es que siempre le otorgamos capacidades extrahumanas a los gringos, y nos olvidamos de sus instintos más básicos, como la piratería, el saqueo, la vanidad y los complejos de narcisismo y de deidad, entre otros. 

Lo importante de ese proceso de saqueo y piratería, es que se dio fuera del contexto de las Naciones Unidas, punto focal para la legitimación internacional de los saqueos previos. Irónicamente, Estados Unidos fue denegado su “legitimación” al saqueo, justo por quienes hoy en día son sus aliados más serviles y subordinados: los gobiernos de entonces en París (Jaques Chirac) y en Berlín (Gerhard Schröder). Claro, tampoco nos podemos olvidar del Señor Koffi Anan, antiguo Secretario General de la ONU y profundamente odiado por la administración del Señor Bush Hijo, quien señaló repetidamente que la invasión gringa era completamente ilegal, desde el punto de vista del derecho internacional, un acto inédito para la ONU de entonces. Chirac y Schröder tenían grandes ambiciones con su nueva moneda (el Euro), y querían posicionarla como verdadero adversario del dólar estadounidense. Ambos gobiernos salieron del poder poco después del “triunfo” estadounidense en Irak (2005 y 2007, respectivamente), y sus vidas fueron arruinadas después, como castigo por desafiar a los gringos.

Estados Unidos estableció un precedente, para entonces. Como una de las múltiples maneras de entender el poder como una capacidad para colocar a uno mismo y a sus aliados por encima de las reglas que uno mismo desarrolla y aplica – en muchas ocasiones hasta violentamente – y que todos los demás deben cumplir, ahora y después de Irak (2003), ya, esta potencia no requiere más de los organismos internacionales para justificar y legitimar sus proyectos de saqueo. En pocas palabras, si se puede encontrar un proyecto “legitimador” para el saqueo – como la resolución Nº 1973 del 2011 del Consejo de Seguridad de la ONU, empleada para saquear a Libia – se le da “play” al ataque, legitimado con interpretaciones “creativas” de la resolución que se logra obtener en los organismos internacionales, y se da el saquéa “legítimamente”, como en Irak en la primera guerra del Golfo y en Yugoslavia. Peor sí hay mucha resistencia en los foros multilaterales, se opera sin estos y sin el derecho internacional, ni otros “obstáculos” innecesarios. Cuando no se puede por la ONU, se puede por la OTAN, básicamente.  

Lo novedoso es que el derecho internacional ya no es meramente un instrumento de ellos para causar daños a todos los demás, mientras que se coloca a sí mismo por encima de este, para hacer lo que desea. Ahora, y desde el 2003, existen otros que lo emplearán de la misma manera que Estados Unidos lo usa, pero en contra de esta “única” superpotencia del mundo.

Desde entonces, Estados Unidos pasó a ser un país que posee, pero pretende ocultar, sus tendencias “revisionistas”. Para nada fue una sorpresa cuando el Señor Presidente Bush, en mayo del 2002, anunció una medida sin precedentes: la renuncia de la firma del Estatuto de Roma (Corte Penal Internacional), por parte de Estados Unidos. En junio del mismo año, la administración del Señor Bush vetó la continuación de la fuerza de paz de la ONU en Bosnia, como elemento de extorsión para garantizar la inmunidad permanente para las fuerzas estadounidenses que formarían parte de las fuerzas de paz de la ONU. En julio, funcionarios estadounidenses lanzaron una campaña en todo el mundo para obtener acuerdos bilaterales que otorgarían inmunidad a los estadounidenses, frente a la autoridad de la corte.

El Presidente de los Estados Unidos, George Bush, promulgó a finales del 2002 la Ley de Protección de los Miembros del Servicio Estadounidense, cuyo objetivo es intimidar a los países que ratifican el tratado de la Corte Penal Internacional. Esa antigua ley autoriza el uso de la fuerza militar para liberar a cualquier estadounidense o ciudadano de un país aliado de Estados Unidos que se encuentre detenido ante el tribunal, que tiene su sede en La Haya. Esta disposición, denominada «cláusula de invasión de La Haya», es emblemática de cómo Estados Unidos responde, al sentirse en peligro cuando sus instrumentos se usan en su contra. 

La ley antes señalada prevé el retiro de la asistencia militar estadounidense de los países que ratifican el tratado de la CPI y restringe la participación de Estados Unidos en las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU, a menos que Estados Unidos obtenga inmunidad procesal.

Todo esto y mucho más surge al percatarse Estados Unidos que el sistema internacional del final de la primera Guerra Fría, ya no es el mismo después de acontecimientos como la Guerra de Osetia del Sur en el año 2008, y el surgimiento de Xi Jinping en el 2013. El incremento de los precios de los hidrocarburos durante la primera década del 2000 – proceso impulsado por el profeta de la multipolaridad, Hugo Chávez – fue altamente preocupante para Estados Unidos, ya que desequilibró el poder a favor de múltiples polos, lejos del “uno solo”, que era gringo.

De estas realidades de los mercados de los hidrocarburos – entre otros eventos de esos momentos – surgieron situaciones preocupantes para Estados Unidos: una asertiva Irán, con medios y capacidades para exportar su revolución y crear problemas para los aliados de los gringos en el Medio Oriente, una nueva Venezuela que se autodenominó “Bolivariana”, y que definitivamente no estaba dispuesta a “respetar el liderazgo natural” de Estados Unidos. Pero más preocupante, se había ido el perrito sumiso del Kremlin, el del hígado enfermo que terminó ahogándose en Vodka, y en vez quedó alguien profundamente peligroso, alguien que no se le puede hacer “bullying” desde lejos, y que se hizo aún más peligroso con un plan de crecimiento en etapas y empoderado por los precios de los hidrocarburos, revividos después del año 2000.

Los chinos, peor que todos los señalados en el párrafo anterior, en realidad, pasaron de ser irrelevantes en el sistema internacional del Señor Clinton, a combatir a Estados Unidos en justo lo que esta potencia norteamericana nunca ha tenido rivales, desde el Siglo XIX: la penetración de mercados, las competencias comerciales, el desarrollo tecnológico/industrial, es decir, una competencia con una potencia que produce más que lo que produce Estados Unidos mismo. Este tipo de desafíos a la hegemonía estadounidenses es nuevo para estos, ya que la Unión Soviética nunca fue un verdadero rival comercial o económico, sino estratégico. Y todo esto sucedió tan rápido, mientras estábamos todos ocupados con el desastre creado en el Medio Oriente, producto de invadir a Irak y abrir el camino a la influencia persa y nuevos actores como Daaesh.

Entonces, Estados Unidos se percató que el derecho internacional y las instituciones internacionales que crearon los propios occidentales y gringos para “canalizar” sus poderes, ahora pudieran ser empleadas en su contra, justo en el mismo momento histórico e internacional en el cual se hace palpable una forma inédita de independencia y proyección de voz en el sistema internacional, por parte de las antiguas colonias (lo que hoy es el Sur Global) y demás potencias irrelevantes (China) y derrotadas (Unión Soviética/Rusia). En realidad, ambos asuntos están íntimamente entrelazados.  

Obviamente, Estados Unidos posee un adversario peligroso en forma de una alianza estratégica de mediano a largo alcance: Beijing/Moscú. Al igual posee varios otros contrincantes, como por ejemplo Irán y sus múltiples aliados, como también existen potencias que apoyan en ciertos temas, pero “desobedecen” en tantos otros, como Türkiye, India, Vietnam, la Brasil de Lula, entre otros.

Aunque todo esto que acabamos de señalar es correcto, en un plano más estructural, existe un adversario mucho más complejo y a la vez menos tangible que los recién señalados: el propio sistema internacional, con sus múltiples polos de poder y de acción independiente, como igualmente el propio derecho internacional, el cual en cualquier momento se puede utilizar en su contra, o en el peor de los casos, actúa como una “camisa de fuerza” para sus ambiciones de someter a todo lo demás bajo su influencia u órbita, es decir, la necesidad que posee Estados Unidos de hacer de la frase “la única superpotencia del mundo”, una realidad.

Estas realidades son las que pueden explicar un disparate de la magnitud de la ley denominada “Imponer sanciones con respecto a la Corte Penal Internacional que participe en cualquier esfuerzo para investigar, arrestar, detener o procesar a cualquier persona protegida de los Estados Unidos y sus aliados”. Esto realmente es el mundo al revés: un país del sistema internacional – en un ámbito en el cual no existen soberanos porque el sistema internacional es supuestamente “anárquico” – imponiendo “sanciones” a un organismo internacional, no solamente por acciones ya tomadas, sino por acciones a tomarse en el futuro.

Incluso, el último detalle del título de la ley indica claramente que es para actuar en “cualquier esfuerzo para investigar, arrestar, detener o procesar a cualquier persona protegida de los Estados Unidos y sus aliados”. Es el colmo de la soberbia y arrogancia, ya que con este título se deja claro que Estados Unidos y sus aliados no pueden cometer cualquier tipo de crimen internacional, ya que o son perfectos, o literalmente están por encima del derecho internacional. No importa si las personas investigadas o detenidas son culpables o no, solo importa quienes son. Se puede investigar y arrestar a quien sea, siempre y cuando no sea “protegido” por Estados Unidos y sus aliados (no menciona quienes son los “aliados”, en realidad eso se define en base al momento geopolítico en el cual se tiene que “activar” esta ley).

En teoría, solo los organismos internacionales son quienes pueden “sancionar” a un país del sistema internacional, ya que la presencia de la gran parte de la comunidad en estos, es precisamente lo que le otorga al organismo internacional el “derecho” de sancionar, en un mundo en el cual todos son supuestamente “soberanos”. Cuando un país se otorga a sí mismo ese derecho, usurpa las funciones de los organismos internacionales y del derecho internacional, a favor de sus propios intereses. Por eso es que al tratarse de medidas que son esencialmente unilaterales y que imponen de manera coercitiva por parte de un gobierno, entonces nunca serán “sanciones”, sino medidas coercitivas unilaterales, con énfasis en la palabra “unilateral”, pues estas medidas carecen del carácter “multilateral”, este último siendo la piedra angular del sistema internacional y del derecho internacional.

Peor aún, cuando la arbitrariedad de una potencia que es “adicta” a sancionar a todo lo que no le guste, pasa de sancionar países y gobiernos, a sancionar organismos internacionales, ya no se trata de meras “usurpaciones” de funciones, sino de revertir el orden internacional y jurídico en su totalidad, con el fin de demostrar que efectivamente, como es la “única superpotencia del mundo”, está completamente por encima del derecho internacional, aunque todos los demás países del sistema internacional están obligatoriamente sujetos al mismo derecho que solamente no aplica a Estados Unidos y quienes ellos deciden que son sus aliados.

El derecho internacional y el sistema internacional multipolar ha colocado a Estados Unidos en una situación bastante difícil (en realidad, más que todo ha sido su pasado, que ha colocado a este país norteamericano en su actual aprieto). La soberbia del pasado, las exigencias de su triunfalismo, el lujo de mantener la masiva contradicción entre una naturaleza altamente agresiva y expansionista, por un lado, y a la vez insistir en que sus acciones están “guiadas” por ideales, morales y principios éticos, por el otro, ha contribuido substancialmente en el desgaste de su capacidad para convencer y para generar narrativas creíbles, en detrimento de su credibilidad y de su supuesto “soft power” (poder suave).

Tomemos, por ejemplo, el siguiente simple hecho. En el año 2013, durante una sesión informativa del Congreso estadounidense sobre derechos humanos, el orador principal fue Stephen Rapp – asesor de la comisión jurídica del congreso estadounidense – quien señaló la posición de la administración de Estados Unidos hacia las organizaciones internacionales, específicamente la CPI. Rapp explicó que la decisión de su país de mantenerse al margen de la CPI es una cuestión de “tradición filosófica”. Según Rapp, Estados Unidos cree que puede “ayudar” a todos los demás, e incluso hasta mejor que lo que puede ayudar la comunidad internacional. Esto implica que, si Estados Unidos se convirtiera en miembro de una organización como la CPI, su identidad estaría en riesgo, ya que tendría que cumplir con un conjunto de regulaciones y leyes externas. Esta es la opinión de los “demócratas”; los republicanos simplemente quieren que persiga a Putin hasta la muerte, pero ni siquiera vea de lejos al sangriento asesino del Tel Aviv.

Hace dos párrafos, habíamos señalado la contradicción estadounidense de ser altamente agresivo y expansionista, pero igualmente guiado por “morales y luces”. En mayo de 2017, la Embajada de Estados Unidos en Sudán reiteró que Estados Unidos se opone a invitaciones, facilitación o apoyo para viajes de cualquier persona sujeta a órdenes de arresto pendientes de la Corte Penal Internacional (CPI), incluido el entonces Presidente de Sudán, Omar el Bashir.

El 21 de marzo de 2016, el embajador de los Estados Unidos ante la ONU declaró oficialmente que «la decisión de hoy de una Sala de Primera Instancia de la CPI de condenar a Jean-Pierre Bemba Gombo, ex vicepresidente de la República Democrática del Congo, de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, es una victoria significativa para la justicia internacional y un avance importante en la lucha contra la impunidad de los crímenes de violencia sexual”. La Administración estadounidense dejó claro – a través de esta declaración – que reconoce a la CPI como una herramienta importante en la lucha contra la impunidad de los crímenes más graves.

Seguidamente, en junio de 2023, una carta firmada por varios congresistas estadounidenses dirigida al Presidente Joe Biden y remitida al gobierno de Sur África, condenaba enérgicamente a ese gobierno africano por declarar que no arrestaria a Vladimir Putin por la orden de detención librada por la CPI, ese mismo año en contra del líder ruso. Parte de la carta indicaba que:

Además de esto (actividades entre Sur África y Rusia), en agosto, Sudáfrica será sede de la Cumbre BRICS, donde el gobierno pretende fortalecer sus vínculos con China y Rusia y está trabajando para facilitar la participación del presidente ruso Vladimir Putin, a pesar de la orden de arresto pendiente emitida por la CPI.

Producto de esta carta, el gobierno estadounidense amenazó a Suráfrica de las consecuencias de no cumplir con sus deberes internacionales, en función de la CPI. No obstante, Estados Unidos “cumple” con sus deberes internacionales con las leyes que hemos señalado en este artículo, y en adición a esto, invita al Primer Ministro del sangriento gobierno sionista para que dé un discurso en el Congreso, a pesar de que en el año 2017, indicó claramente que “Estados Unidos se opone a invitaciones, facilitación o apoyo para viajes de cualquier persona sujeta a órdenes de arresto pendientes de la Corte Penal Internacional (CPI)”.

De acuerdo con Estados Unidos, todo el mundo tenía el deber de detener a Omar el Bashir del Sudán, y Cyril Ramaphosa de Suráfrica tenía la obligación de arrestar a Vladimir Putin para presentarlo en La Haya. Si Putin fuera arrestado y colocado en La Haya, y si un grupo de fuerzas especiales rusas hubieran atacado a la CPI para liberar a Putin, sería prácticamente el inicio de la Tercera Guerra Mundial, naturalmente, y Rusia sufriría por su abominable transgresión. No obstante, Estados Unidos tiene por ley (sus leyes, internas, domésticas y que no forman parte del derecho internacional, por más que insistan al respecto) el derecho de atacar a la sede del CPI en La Haya, extraer criminales solicitados por esta, y castigar a los miembros de la corte que no se comportan como deben comportarse.

Pero nada de eso fue suficiente. En adición a todas las leyes del periodo del Presidente George Bush, Estados Unidos ahora “sanciona” a la CPI (en vez del organismo sancionar, es sancionado), amenaza a sus miembros como igualmente lo realizó el Señor Trump (y después hablan de las “diferencias” entre Biden y Trump), y dejó claro que los aliados de quien se encuentran por encima de las leyes, están, a su vez, por encima de las leyes.

La gran tragedia para Estados Unidos es que estas instituciones del derecho internacional fueron diseñadas específicamente para ser empleadas discretamente por ese país, para perseguir a los “villanos”, y premiar a los “héroes”, en base a criterios netamente subjetivos, y nunca objetivos. Fueron creados para dominar y controlar, son productos del colonialismo y fueron reeditados para nuevas funciones neocoloniales, para servir los intereses de las potencias coloniales, las cuales a su vez pasaron a ser potencias neocoloniales. Imagínense ustedes, un escenario tan absurdo, surreal e imposible de idear, como la OEA aplicándole la “Carta Democrática” a Estados Unidos por emplear el famoso “Lawfare” contra el Señor Trump para descalificarlo como potencial candidato presidencial, a raíz de la debilidad cognitiva del candidato de los demócratas para el proceso electoral presidencial de noviembre de 2024. Simplemente, los instrumentos del mago no fueron diseñados para que se usen en su contra, sino solo para servir a sus intereses.

Por eso es que insistimos en que el verdadero enemigo de Estados Unidos no es Rusia, ni China, ni cualquier otra potencia, sino el propio sistema internacional en su actual condición multipolar, y el potencial que posee el derecho internacional – al caer en las manos de los pueblos del Sur Global – para pasar de ser el “látigo” del opresor colonial y neocolonial, a ser un verdadero instrumento de emancipación, para limitar los abusos de pocos, contra todos los demás.   

Estados Unidos le grita desesperadamente a un mundo entero que solo existe “una sola superpotencia”, quizás tratando de mantener la ilusión a quien quiera escuchar, quizás tratando de convencerse a sí misma. No teme que la “batuta” del poder pase a Beijing, sino que pase a un mundo de múltiples polos, porque en estos, no existirá lo que el ex ministro de finanzas y luego Presidente francés Valéry Giscard d’Estaing llamó en su momento un “privilège exorbitant” (privilegio exorbitante), refiriéndose al dólar estadounidense, pero que en realidad aplica perfectamente a la condición de Estados Unidos en el sistema internacional pos-guerra. Estados Unidos – y junto a esta el resto del mundo occidental – dejará de percibir los privilegios que vienen con diseñar las reglas para que aplican a todos, salvo uno mismo y sus más allegados.

Por eso Estados Unidos inventó una noción absurda, enmascarada en la imprecisión, una densa niebla que oculta la noción amorfa que es el muy mal llamado “orden en base a reglas”. El orden en base a reglas no es el derecho internacional, nunca lo relacionan directamente a este, pero a la vez tampoco lo contradice, supuestamente. Se alega que es la “base” de un orden predecible y estable, ¿pero eso no es literalmente lo mismo que es el derecho internacional? La expresión se refiere a un orden, asunto que por sí mismo es excelente, y que a su vez es en base a “reglas”. Ahora bien, ¿Cuáles reglas? ¿Las del derecho internacional? Entonces, ¿para qué otorgarle dos nombres distintos al mismo fenómeno? Estas reglas, las que crean este “orden”, ¿Quiénes las elaboró? ¿Cuándo fueron elaboradas? ¿Quiénes participaron en su elaboración? Mas importante, ¿pueden ser cambiadas? Hasta el momento, no tenemos respuestas al respecto, y si presentamos estos interrogantes en cualquier espacio “protegido” por Estados Unidos, la respuesta pasa galopantemente de ser una objetiva y en base al tema en cuestión, a ser altamente subjetiva, atacando ferozmente al interrogador: “él que hace estos tipos de preguntas es un enemigo de la estabilidad, es un propagandista para las autocracias y enemigo de las democracias, es un agente ruso, un comunista…etc.”

El orden en base a reglas es un componente más de la misma lucha que posee Estados Unidos y la Entidad Sionista, junto a los tristes títeres del “Jardín” que tanto temen ser “infestados” por la “jungla” (expresión del Señor Josep Borrell). Es la lucha contra un derecho internacional que ahora, en vez de servir como instrumento geopolítico de sus originales articuladores, pudiera ser empleado por otros, y para objetivos diametralmente opuestos a sus propósitos originales. Este es así porque el derecho internacional, si observamos a este de manera detenida, nos daremos cuenta que es meramente una herramienta, y es de gran utilidad para todos quienes desean – pero a la vez saben – como utilizarla.

Hace ochenta años, nadie del Sur Global sabía “usar” el derecho internacional, o quizás era que nadie en el Sur podía darle utilidad. Pero el mundo de la bipolaridad ya murió, y el mundo de la supuesta unipolaridad solo disfrutó de asesinar a tanta gente durante tan poco tiempo, y ahora estamos atrincherados firmemente en un mundo irreversiblemente multipolar. El gran peligro para la hegemonía de Estados Unidos y para la situación privilegiada del “jardín” europeo, no es que Estados Unidos ya no es “la única superpotencia del mundo”, sino que no hay superpotencias, solo países neocolonizadores y ex colonizados, en un ámbito en el cual la ONU y las organizaciones internacionales, poco a poco, se alejan del tétrico y patético modelo de la moribunda “OEA”, para acercarse a nuevos modelos más diversos, dinámicos y hasta “sureños”, como son ahorita organizaciones internacionales no-occidentales como la CELAC, la OPEC + y los BRICS + .

Omar José Hassaan Fariñas*Internacionalista y Profesor de relaciones internacionales en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Colaborador de PIA Global

Foto de portada: Jorge/ Almayadeen. En el cuerpo de la nota: https://www.latamarte.com/

Referencias:

[1]https://china.usembassy-china.org.cn/remarks-by-president-biden-in-commencement-address-to-the-united-states-military-academy-at-west-point/

[2]https://abcnews.go.com/Politics/house-republicans-pass-bill-sanction-icc-seeks-arrest/story?id=110826493

[3]https://www.congress.gov/bill/118th-congress/house-bill/8282

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