COP26: Imperialismo versión verde

Escrito por Micaela Constantini

Estamos frente a un dispositivo, en forma de diplomacia internacional, que tiene como objetivo mantener una regulación productiva que sostenga lo insostenible, el capitalismo imperialista, ahora en su versión verde.

Desde el domingo 31 de octubre hasta el 12 de noviembre se estará desarrollando la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, más conocida como COP26. Se trata de la primera cumbre presencial luego de dos años, en la que participan delegados de casi todos los países que integran la ONU, una gran cantidad de jefes de Estado y de Gobierno, expertos y expertas en el tema ambiental, dirigentes empresariales, representantes de Organismos No Gubernamentales (ONG) y de la sociedad civil en general. Aunque se han realizado varias demandas por la falta de inclusión para “que los representantes de la sociedad civil puedan participar de manera efectiva en estas negociaciones críticas”, como denunció Sébastien Duyck, abogado senior en el Programa de Clima y Energía en el Centro de Derecho Ambiental Internacional (CIEL). 

La COP26 se realiza todos los años desde 1995, y se considera el órgano supremo desde donde los representantes de alto nivel discuten y negocian propuestas para reducir el calentamiento global. Se analizan y revisan los tratados adoptados por cada Estado participante. Las bases centrales desde la que parten son el protocolo de Kioto (2005) y el Acuerdo de París (2015). Se establece que el aumento de la temperatura global no supere los 2 grados centígrados, poniendo como techo 1,5 grados centígrados máximo.

Luego de 6 años del Acuerdo de París, de cada COP, cada G20 y cada compromiso asumido por los líderes mundiales no sólo no se ha logrado reducir la temperatura a 1,5ºC sino que las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera han aumentado. Esto, según el informe provisional de la Organización Metereológica Mundial (OMM) sobre el estado del clima mundial en 2021, en función de los datos correspondientes a los primeros nueve meses de 2021, conduce a que “los últimos siete años están en camino de ser los siete más cálidos de los que se tiene registro”.

¿A qué se debe? A que la agenda climática, ambiental, ecológica debatida en estos espacios y Organismos Internacionales no persigue intereses eco-sociales, justicia ambiental o un intento de construir un mundo sustentable y respetuoso con la naturaleza. El ‘capitalismo verde’ es incoherente, guarda en sí mismo la contradicción ya que no existe compatibilidad entre capitalismo y cuidado del medio ambiente, o entre capitalismo y sustentabilidad ecológica.

Esta crisis climática social, que venimos atravesando todos los pueblos del planeta, es parte de la crisis sistémica del capitalismo decadente que manifiesta la inviabilidad de un sistema que mercantiliza absolutamente todo y pretende mantener un nivel predatorio insostenible. Esta crisis, como sostenemos desde PIA Global en el Manual Breve de Geopolítica, se trata de una crisis del paradigma civilizatorio, del capitalismo como formación económico social.

Es sumamente importante que los actores que buscan consolidar su discurso del ‘capitalismo verde’ no nos impongan la agenda. Aquí analizaremos algunas claves fundamentales para comprender lo incompatible del ‘capitalismo verde’ y los objetivos que hay detrás.

El imperialismo nunca será ambientalista

“No hay que cambiar el clima, sino el sistema” gritan desde las movilizaciones en contra de la COP como una de las principales consignas. Y sin dudas, que este sistema, el capitalista en su fase imperialista ya no puede seguir produciendo y consumiendo como se viene haciendo, ni seguir colocando al mercado como centro del desarrollo humano. El problema es el sistema, no el clima.

“Los centros imperialistas, con el 15% de la población en el mundo, acaparan para su consumo y despilfarro el 85% de esos bienes del planeta”. (Manual Breve de Geopolítica. Declinacionismo, redespliegue y multipolarismo)

Fue necesario que la(s) crisis tocara la puerta de las grandes potencias para que se incluyera en la agenda de las principales áreas de discusión del Estado y Organismo Internacionales, pero principalmente en la agenda del mercado. La prioridad para este sector es que las emisiones de CO2 sean lo suficientemente “bajas” para poder seguir con el modelo de producción y consumo actual. Lo cierto es que eso no es posible. No es la primera vez en la historia que vemos como el proceso de transformación y expansión del capitalismo, en este momento imperialista, produce profundas transformaciones en el conjunto de las relaciones sociales capitalistas que concluye con la miseria y el saqueo de los pueblos, la pérdida de soberanía, la colonización de continentes enteros y con grandes guerras o enfrentamientos bélicos.

Nos encontramos con una fase del capitalismo imperialista en el que las condiciones de  producción histórico-sociales estarían produciendo las propias condiciones de aniquilamiento civilizatorio (1). Se trata de una crisis sistémica, es decir, asistimos a una ‘concurrencia simultánea y contemporánea’ de crisis que atraviesan todas las áreas del sistema vigente: crisis económica, financiera, crisis climática social, destrucción de la biodiversidad, escasez de agua y alimentos, crisis energética, crisis institucional, colapsos urbanos, crisis del Estado…

Cada intento de recomposición del capitalismo en crisis, en la historia, nos ha demostrado que nunca consigue resolver el problema, sólo sirve de paliativo para seguir estirando su inevitable declive. La propuesta de ‘capitalismo verde’ es una de ellas. 

Lo primero para decir es que la base del capitalismo imperialista se sostiene gracias al saqueo de bienes comunes, que consideran como recursos explotables, es decir, mercancías. Entonces nos encontramos con la sobrecolonización y saqueo de innumerables países del sur global, como en el continente afriacano o nuestroamericano, ricos en recursos naturales, biodiversidad y metales estratégicos. Esto es clave para pensar en los intereses geopolíticos de este nuevo intento de recomposición capitalista, a partir del cambio al mercado verde, ya que las lógicas de saqueo de bienes comunes no van frenar, al contrario, la industria extractivista predatoria aumentará y con ello las desigualdades entre el Norte y el Sur Global, siendo los pueblos de este último quienes se llevarán los impactos negativos.

Según explica Wendy Moran para América Latina en Movimiento, “en general, las baterías necesarias para almacenar la energía requieren de metales, tales como el litio y magnesio, que están principalmente presentes en países en desarrollo. Mientras que el mayor productor actual de litio es Australia, las mayores reservas del metal se encuentran en Bolivia (21 millones de toneladas), Argentina (19.3 millones de toneladas), Chile (9.6 millones de toneladas), Estados Unidos (7.9 millones de toneladas), Australia (6.4 millones de toneladas), China (5.1 millones de toneladas)”.

Y aunque la crisis climática, ecológica y social esté desbordando el planeta, y se encuentre en la agenda de las discusiones en los organismos internacionales, dos tercios de la energía eléctrica global se produce en centrales termoeléctricas dependientes de combustibles fósiles, especialmente del carbón, pero también del gas y el petróleo. Además nos encontramos con que son las principales potencias mundiales las que generan mayor producción de energía a partir de combustibles fósiles, y por lo tanto las que más contaminación emiten. 

Con instancias como la COP26 pretenden que todos los países por igual cumplan con los objetivos ecológicos propuestos para 2030, cuando sabemos claramente que existen grandes diferencias entre los países que tienen más recursos y herramientas para afrontar la transición y los que no. Entonces se culpa al ‘hombre’ (término utilizado ambiguamente) de la aceleración de la crisis climática social y se le pide que se esfuerce y comprometa a revertirlo; mientras dejan sin responsabilidad y consecuencias a los principales contaminadores y productores de la crisis: el poder financiero y empresas multinacionales.

“21.238 miembros de los países, 13.834 observadores, 3823 miembros de la prensa. Esta es la cantidad de personas registradas”, nos relata Tais Gadea Lara, quien se encuentra cubriendo la COP26 desde Glasgow. Y esta es la mayor representación simbólica y tangible de la contradicción planteada en este apartado. Los líderes mundiales junto a sus equipos y los ejecutivos de las grandes empresas llegaron a Glasgow (luego de pasar por Italia por el G20) en 400 aviones privados y autos lujosos, emitiendo más de diez mil toneladas de carbono, y un gran exceso de hipocresía. 

Por último, este capitalismo imperialista necesita de un poder militar que le permita sostenerse en el poder, intervenir en los países extranjeros y asegurar el saqueo. Leonid Savin explica en Katehon que el ejército de EEUU y Reino Unido, sede de la actual COP26, son los mayores contaminadores del mundo. 

“Entre 1975 y 2018, las emisiones de CO2 del Pentágono totalizaron 1.267 millones de toneladas métricas. Las emisiones anuales del Pentágono superan con creces las de la industria siderúrgica estadounidense y las emisiones totales de países como Suecia, Dinamarca y Portugal. Entre 2001 y 2018, las emisiones de las operaciones en el extranjero totalizaron 440 millones de toneladas métricas. El sector militar del Reino Unido aportó 6,5 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente a la atmósfera de la Tierra en 2017-2018, el último año del que se dispone de todos los datos. De ellas, el informe estima que las emisiones directas totales de gases de efecto invernadero del Ministerio de Defensa (MOD) en 2017-2018 fueron de 3,03 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente”.

Control del mercado verde

El poder económico y financiero exige e impone la transición al ‘mercado verde’, y no porque se preocupe por el ambiente o los pueblos del mundo. Se trata de un enorme negocio con intereses geopolíticos en disputa. Con esto no me posiciono en contra de las energías o fuentes renovables y en la construcción de un mundo soberanamente sustentable, pero se vuelve sumamente necesario analizar qué y a quién implica esta transición al ‘mercado verde’. ¿Quién va a controlar ese mercado?, ¿Cuáles son los principales actores detrás del negocio?, ¿Qué intereses persiguen?, ¿Qué construcción de orden mundial defienden y qué valores difunden?, ¿Quiénes financian estos proyectos?, ¿Qué obtienen a cambio?. 

Según nos explican desde El Templo del Futuro, el capitalismo verde se sostiene sobre dos ideas: Una “consiste en una serie de mercancías y procesos de producción que serían menos dañinas para el medio ambiente. El reciclaje y la mayor eficiencia tecnológica serían principios rectores de todo proceso productivo”. La otra, “el mercado sería el instrumento para reparar los problemas ambientales existentes desde la concentración de gases invernaderos en la atmósfera, hasta los daños a los ecosistemas”. ¿Cómo sería posible que el mercado asuma el rol de superhéroe? Responden, “la solución del mercado estaría asociado a la privatización y mercantilización de todos los componentes de la naturaleza, por ende la gestión de los recursos naturales estaría en manos privadas”. Cuando los banqueros, financistas y monopolios del capital quieren controlar la agenda y el mercado ‘verde’, permítanme(se) dudar y proceder con cautela.

Una de las herramientas desarrolladas por este mercado para aportar a la transición verde, ganar dinero y aumentar la especulación financiera son los bonos verdes o bono de carbono. Este instrumento se encuentra estipulado en el artículo 6 del Acuerdo de París e intenta regular el mercado de carbono, donde, como explica Tais, se compran y venden créditos que representan la captura o emisión evitada de CO2. Continúa, “un bono de carbono equivale a una tonelada de CO2 que fue removida de la atmósfera. Por ejemplo, si una empresa planta árboles puede vender esa reducción de emisiones a otra empresa para que compense sus emisiones. Lo mismo pueden hacer los países”. ¿Cómo será posible evitar la especulación, los acuerdos políticos, los chantajes, sobornos y extorsiones, o la ventaja de quienes poseen mayor posición económica, o la desventaja de quienes no cuentan con los desarrollos para siquiera acceder a tener por motus propio un bono verde?

Otro instrumento, no innovador, es el financiamiento. Los países ‘ricos’ prometieron aportar 100 mil millones de dólares anuales para acompañar a los países ‘pobres’ en el proceso de transición. Además de no haber cumplido con dicho objetivo, los criterios de reparto y  el control sobre lo realizado con esa plata son completamente desiguales y no contemplan las necesidades de los países destinatarios. Tais explica que los países que reciben el financiamiento, requieren que sea destinado a la ‘adaptación’ para lidiar con las consecuencias del cambio climático como las inundaciones, y no a reducir las emisiones de CO2.

The Bank of America Global Research especificó que será necesario invertir 5 billones de dólares durante 30 años para lograr la transición verde. Esto, dice Betzabeth Aldana Vivas, equivale al doble del PIB mundial actual. A esto nos referimos cuando decimos que se trata de un enorme negocio. ¿Quiénes son los interesados en financiar un modo de producción y regulación capitalista verde?, a grandes rasgos podríamos responder: el globalismo financiero.

La ‘propaganda’ o gran publicidad mediática en torno a la descarbonización y el crecimiento de las energías verdes, produce una fuerte desinversión y financiarización de la producción de energía a través de combustibles fósiles, y un incremento de los acuerdos en el mercado spot (contratos de corto plazo) que sólo aumenta el precio del gas, carbón y petróleo, y alimenta la especulación financiera en un circuito sin fin.

El Dr. Alfredo Jalife-Rahme durante su Conferencia Magistral en el Seminario Internacional PT 2021, cita al ex gobernador del Banco de Inglaterra y enviado especial de la ONU para Finanzas y Acción Climática, Mark Caney, afirmando que el “sector financiero y bancas privadas forzará al mundo a la ‘economía verde’ de carbón neutral, mediante el redireccionamiento del sistema financiero para alimentar la burbuja verde notoriamente especulativa, en detrimento de las inversiones de la economía productiva”.

Otro punto muy interesante que aborda Jalife-Rahme es la utilización,  por parte de EEUU y Reino Unido, del cambio climático como arma publicitaria/mediática contra China y Rusia. No es nueva la enemistad de EEUU contra China y Rusia. Occidente reclama la aceleración de la descarbonización (aunque ellos son uno de los principales productores de energía a partir del carbón) apuntando el dedo hacia China con el objetivo de demonizar y boicotear el crecimiento comercial y productivo chino, especialmente la Nueva Ruta de la Seda. Lo mismo sucede contra Rusia cuando lo acusan de la crisis energética europea, intentan (sin lograrlo) detener la construcción del gasoducto Nord Stream II o buscan enfrentamiento en el Ártico (almacén ruso con los recursos más ricos, como el carbón).

No es coincidencia que los tres aliados en el reciente pacto AUKUS, sean quienes lideran la propaganda antichina utilizando la producción de carbón de este país como argumento. Cuando, estos mismos tres aliados también encabezan la lista negra del carbón, EEUU es el tercer productor de carbón en el mundo, Gran Bretaña regresó a las centrales de carbón y Australia es el primer exportador y productor de carbón del mundo. El proyecto AUKUS no se agota en las aguas del pacífico, sino que viene acompañado de la estratégia mediática demonizadora contra China como parte del cambio estratégico hacia el indopacífico. El poder mediático históricamente acompañó las guerras como un arma más, con el objetivo de legitimar las intervenciones militares.

Cuando pensamos en la COP26 no nos olvidemos que estamos frente a un dispositivo, en forma de diplomacia internacional, que tiene como objetivo mantener una regulación productiva que sostenga lo insostenible, el capitalismo imperialista, ahora en su versión verde. Es otra jugada más dentro del tablero de la geopolítica global en la que sólo mueven sus piezas el poder financiero, económico y las potencias occidentales liderando estos espacios. Las crisis seguirán profundizandose mientras se intente seguir buscando la solución dentro del mismo sistema que las genera, con herramientas que alimentan cada crisis, que persiguen los valores del mercado y no priorizan, en palabras de Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la “defensa de la soberanía para el desarrollo sustentable de las naciones y los pueblos del mundo”. 

*Micaela Constantini, periodista y parte del equipo de PIA Global.

Foto de portada: Una activista protesta en coincidencia con la apertura de la COP26 en Glasgow (Foto: Reuters).

Sobre el Autor

Micaela Constantini

Comunicadora Social, periodista. Miembro del equipo de investigación de PIA Global. Investigando cibergeopolítica y virtualidad. Feminista, antiimperialista y autodidacta. Nuestra americana Trabajo con redes sociales, edición de video y comunicación digital.

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