En mayo de 2025, cuando el Ministerio de Justicia de Etiopía se acercaba a la finalización de los marcos legislativos clave, surgió la especulación de que el gobierno podría priorizar el diálogo nacional sobre la justicia transicional. Está previsto que el proceso de diálogo concluya en febrero de 2026, tras una prórroga de un año aprobada por el Parlamento.
La pausa en la justicia transicional generó en los círculos políticos la percepción de que algunos funcionarios –incluso la Comisión Nacional de Diálogo– veían la justicia transicional como un resultado o una recomendación del diálogo, en lugar de un proceso de consolidación de la paz distinto e indispensable.
Sin embargo, en su discurso ante el Parlamento el 28 de octubre, el Primer Ministro Abiy Ahmed Ali reafirmó que la agenda de consolidación de la paz de Etiopía comprendía tres pilares interrelacionados: diálogo nacional, justicia transicional y desarme, desmovilización y reintegración (DDR).
Afirmó que la justicia transicional se diseñó para abordar las atrocidades del pasado, mientras que el diálogo nacional buscaba alcanzar un consenso sobre cuestiones controvertidas de gobernanza, Estado y construcción nacional. El proceso de DDR se centra en la estabilización de la seguridad y la reintegración de los excombatientes.
Las declaraciones de Abiy aportaron una claridad conceptual largamente esperada, reafirmando que la justicia transicional era un pilar central y un proceso autónomo en el marco de consolidación de la paz de Etiopía. Esto contradijo las suposiciones previas de que la justicia transicional era resultado del diálogo, una idea errónea y problemática por tres razones principales.
En primer lugar, corría el riesgo de socavar aún más la credibilidad del diálogo nacional –ya cuestionado por su inclusividad e independencia– al insinuar que el proceso tenía por objeto producir un resultado predeterminado: el proceso de justicia transicional.
En segundo lugar, pausar un proceso de justicia transicional en curso sólo para reintroducirlo más tarde como recomendación de diálogo equivaldría a un intento retroactivo de reivindicar su propiedad en lugar de promover la justicia.
En tercer lugar, mezclar ambos retrasaría la rendición de cuentas, marginaría a las víctimas y transferiría las deficiencias procesales y de representación del diálogo al proceso de justicia transicional.
Al mismo tiempo, el panorama de la justicia transicional se ha vuelto cada vez más opaco. El Ministerio de Justicia ha suspendido el desarrollo de legislación clave y no ha publicado actualizaciones durante meses. Las organizaciones de la sociedad civil han permanecido prácticamente inactivas, a pesar de las funciones que les fueron asignadas formalmente en virtud de la Política de Justicia Transicional de 2024.
La Comisión Etíope de Derechos Humanos (CEDH) parece ser la única institución que participa activamente en la concienciación pública y la participación cívica. Sin una dirección gubernamental clara, sus encomiables esfuerzos corren el riesgo de fragmentarse. Un progreso significativo en el proceso de justicia transicional requiere el respaldo formal y la acción coordinada de todas las instituciones estatales.
Para ayudar a llenar este vacío, la EHRC debe seguir abogando por un papel más fuerte para la sociedad civil y la expansión del espacio cívico, mientras mejora su cooperación con el Ministerio de Justicia y otras instituciones estatales para aclarar el estado del proceso y apoyar su implementación continua.
La reanudación formal del proceso de justicia transicional —prevista para principios de 2026, una vez finalizado el plazo extendido del diálogo nacional— debe regirse por los principios de complementariedad y secuenciación. La independencia entre los tres pilares de la consolidación de la paz no implica aislamiento. La justicia transicional, el diálogo nacional y el desarme, la desmovilización y la reintegración deben avanzar de forma coherente y reforzarse mutuamente.
La justicia transicional, basada en la búsqueda de la verdad, la rendición de cuentas, las reparaciones y la reforma institucional, quedará incompleta si se desvincula de los contextos políticos y de seguridad definidos por el diálogo nacional y los procesos de desarme, desmovilización y reintegración (DDR). Asimismo, el diálogo y el DDR no pueden garantizar una paz duradera sin una justicia creíble y una reparación significativa.
Un proceso paralelo e independiente de justicia transicional complementaría, en lugar de obstaculizar, los resultados del diálogo. Si el diálogo generara recomendaciones sobre justicia, reparación o reconciliación, estas podrían integrarse en el marco de justicia transicional, manteniendo la coherencia y garantizando que ambos procesos sigan siendo distintos, pero se refuercen mutuamente.
Partiendo de la complementariedad, la prioridad inmediata debería ser finalizar y revisar los proyectos de ley de justicia transicional. Una vez promulgados por el Parlamento, se podrían establecer mecanismos clave como la Sala Especial, la Fiscalía Especial, la Comisión para la Búsqueda de la Verdad y la Cohesión Social (que abarca la amnistía y las reparaciones) y la Comisión de Investigación.
La codificación jurídica es vital para un enfoque estatal holístico: fomentar la apropiación parlamentaria del proceso y garantizar la participación de los ministerios de justicia, defensa, seguridad, mujeres y asuntos sociales, junto con las organizaciones de la sociedad civil, las instituciones regionales y las asociaciones de víctimas. Esta transición de la política a la práctica debe ir acompañada de una hoja de ruta de implementación actualizada, basada en la versión de 2024.
Simultáneamente, el establecimiento del Mecanismo de Coordinación Institucional de Justicia Transicional, integrado por múltiples actores, previsto en la política, es esencial para una coordinación y colaboración sostenidas, así como para orientar la creación y puesta en marcha de las nuevas instituciones de justicia transicional. Este órgano de 13 miembros incluirá formalmente a representantes de la sociedad civil, el mundo académico y la Comisión de Derechos Humanos, además de instituciones estatales clave como el poder judicial, el Parlamento y el poder ejecutivo.
El siguiente paso sería brindar apoyo psicosocial y de salud mental (SMAPS) a las víctimas de violencia. Priorizar el SMAPS reconoce el trauma colectivo generalizado, proporciona un alivio tangible y sienta las bases para el fomento de la confianza y la futura participación en los mecanismos de búsqueda de la verdad y rendición de cuentas.
Si bien la política de 2024 no designa específicamente el MHPSS, la próxima legislación debería abordar esta brecha institucionalizando el apoyo psicosocial como un componente independiente y transversal de un enfoque centrado en las víctimas.
La secuenciación será crucial tras la promulgación de la ley. Los componentes interrelacionados de la justicia transicional requieren una implementación gradual adaptada al contexto cambiante de Etiopía. Para garantizar una implementación predecible y coordinada, se debe elaborar y publicar una guía clara sobre la secuenciación. Esta estrategia brindaría transparencia, facilitaría el seguimiento y fortalecería la confianza pública en el proceso.
Más allá de las consideraciones sobre complementariedad y secuenciación, el Ministerio de Justicia y otras partes interesadas deberían aprovechar la pausa actual como una oportunidad para corregir el rumbo. Esta pausa brinda la oportunidad de reflexionar sobre las deficiencias de implementación identificadas durante la primera fase del proceso.
Estos incluyen una comunicación pública limitada, una coordinación interinstitucional débil, una claridad limitada respecto de la descentralización del proceso y la ausencia de una estrategia coherente para integrar los mecanismos de justicia tradicionales.
La pausa debería permitir al Ministerio de Justicia fortalecer su capacidad técnica interna, establecer un departamento específico para la justicia transicional, reactivar la participación de los actores regionales, perfeccionar la secuenciación y priorización de las actividades, y desarrollar una hoja de ruta más transparente e inclusiva. Esto fortalecería la confianza pública y garantizaría una reanudación más coherente, coordinada y sólida del proceso una vez que se reanude formalmente.
En definitiva, el gobierno ha reafirmado que abordar los abusos del pasado no es un apéndice del diálogo nacional, sino un proceso autónomo basado en la rendición de cuentas, los derechos de las víctimas y la reforma institucional. El reto reside en traducir este compromiso político en acciones concretas mediante una reanudación del proceso de justicia transicional cuidadosamente planificada y estratégicamente secuenciada.
*Tadesse Simie Metekia, Investigadora principal, Proyectos Especiales, ISS Addis Abeba
*Tegbaru Yared, Investigador, Análisis de Seguridad del Cuerno de África, ISS Addis Abeba
Artículo publicado originalmente en ISS Africa

