Colaboraciones Sin categoría

Argentina, Mercosur y tratado de libre comercio

Por Gustavo Traverso.- Es en el verdadero interés de Argentina tener una relación sana e integrada con el mundo, pero este no ha de ser un fin en sí mismo, sino como medio para generar una estructura productiva que agregue cada vez mayor valor agregado nacional en función del bienestar general

El comercio internacional es la vía por la cual los Estados puedan hacerse de los productos que no producen. Si no fuera porque los países importan, Argentina no tendría a quien venderle las toneladas de materia prima que representan su mayor fuente de ingresos. Es mediante el intercambio de excedentes entre países, junto con el salto científico-tecnológico de estos últimos 2 siglos, que el planeta ha alcanzado niveles de riqueza nunca antes vistas, cuya distribución es muy desigual de acuerdo a lo que los países tengan para ofrecer al resto del mundo.

Los grandes ganadores muestran ser sistemáticamente aquellos que logran añadir un mayor valor agregado a sus exportaciones, ya que ello consiste en una riqueza extra de la que se apropian trabajadores y empresarios nacionales.

La doctrina del libre cambio sostiene que todos los países estarían mejor si se permitiese la libre circulación de mercancías, capital y trabajo entre sus fronteras, ya que el mercado regularía con eficiencia quién ha de producir que, de acuerdo al juego de la demanda y la oferta.

Uno de los conceptos fundamentales de la teoría del comercio internacional, es que los países tienden (y hacen bien) a especializarse en la producción y exportación de aquello producen con un coste relativamente más bajo respecto al resto del mundo.

La histórica ventaja comparativa de Argentina frente al resto del mundo ha sido la fertilidad de su tierra, capaz de generar mayores cosechas por superficie sembrada. Sin embargo, el valor agregado con el que cuentan los cereales o las legumbres dista de ser el mismo que el de un microprocesador, un automóvil, o una semilla genéticamente modificada. En este sentido, el país que logra comprar productos con bajo o sin valor agregado, y vende productos de alto valor, está generando riqueza en su territorio, lo cual beneficia al conjunto de la sociedad.

Esta es la discusión nacional de si vender cuero o zapatos. Quienes abogan por el cuero, quienes históricamente ha impulsado la primarización de nuestra economía, siempre sostienen que lo bueno viene de afuera, las inversiones, los préstamos, las ideas, las personas de valor. El Modelo Agroexportador representó la victoria política y la manifestación económica de los representantes de esta serie de ideas, vendiéndole al mundo (Europa) aquello en lo que éramos naturalmente ricos, y buscando traer de allí sus inversiones, sus tecnologías, sus manufacturas y su gente.

El ex-presidente Domingo Faustino Sarmiento, padre de la escuela laica, gratuita y obligatoria, en más de una ocasión manifestó su parecer (compartido por muchos) en cuanto a que la población Argentina no era la idónea para poblar y desarrollar el país, y era necesario importar mejores personas con mejores cualidades, provenientes de los “países civilizados”.

Dicho plan no fracasó, como muchos dicen, porque los gobernantes esperaban “inmigración de calidad” de Inglaterra y Alemania y recibieron en cambio españoles e italianos, sino porque el plan de desarrollo, que pretendía emular al de Estados Unidos, no ocurrió del mismo modo. Mientras que en Estados Unidos se desarrolló un régimen de reparto de tierras orientadas al ocupamiento del territorio nacional y la no concentración desmedida, en Argentina, desde sus inicios como nación, la oligarquía terrateniente utilizó los resortes estatales bajo su mando para concentrar descomunalmente unas de las tierras más ricas del mundo.

Así, la Ley de Enfiteusis, que nació con la intención de atraer inmigrantes para que trabajaran y ocuparan los territorios nacionales, terminó sirviendo de mecanismo para que, en 1830, 538 propietarios concentraran 8.656.000 hectáreas. A estas familias hacía referencia en su vejez, que aún ha de ser justamente apreciada, Sarmiento cuando decía: “Quieren que el gobierno, quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarle o triplicarle la fortuna a los Anchorena, a los Duggan, a los Cano, a los Leloir y todos esos millonarios que pasan su vida mirando como pacen las vacas”.

Quienes con Belgrano decimos “no exportemos cuero, exportemos zapatos”, creemos que la generación de valor agregado en nuestro país no solo es posible, sino necesaria. En cuanto a la necesidad, hace unos años circuló una publicación que argumentaba que un tercio de los empleos en Argentina eran generados por el campo. Durante mucho tiempo esto fue tenido como cierto, hasta que alguien se tomó el trabajo de revisar la metodología y las fuentes de tal escrito, para encontrar que sus números estaban altamente inflados, y que el campo generaba cerca del 16% de los empleos, proporción de todas maneras importantes.

Hoy existen varias estimaciones que dan aún más baja tasa. En cualquier caso ¿Qué sector empleará al 84% restante? Es imprescindible generar más producción nacional que provea de más empleo registrado y de calidad para elevar el bienestar general de la población.

En cuanto a la posibilidad, basta con recordar que en Argentina hasta hace poco fue posible y rentable producir maquinaria agrícola de calidad, reactores nucleares, satélites, y otros bienes de alto valor agregado, muchos de los cuales vieron interrumpida su producción con la llegada de un gobierno que, al menos en cuanto a la concepción de las relaciones comerciales e internacionales, reivindicó las peores ideas de las tendencias reaccionarias y reprimarizantes de nuestra sociedad. La historia del capitalismo nos demuestra que una sociedad más rica y justa se encuentra necesariamente ligada a un entramado productivo que genere puestos de trabajo de calidad, con una población calificada para producir bienes con alto valor agregado. De allí nuestro irrenunciable compromiso con la educación pública y gratuita.

A lo largo de nuestra historia, han existido una serie de instituciones destinadas a reorientar los esfuerzos económicos del país a diversos canales de desarrollo según la voluntad que surgiera de la lucha económica y política de actores nacionales e internacionales con intereses sobre nuestro territorio. Con muchos matices, pueden trazarse dos grandes tendencias: Industrialización o reprimarización. No es cuestión de enamorarse con las instituciones que nos han servido bien en el pasado, las cuales nacen en un momento histórico dado para responder a necesidades emergentes de dicha época. Los tiempos actuales, con sus profundos cambios y sus revoluciones tecnológico-productivas, nos obligan a estar a la altura de las circunstancias, realizar un diagnóstico correctos de la dirección de la evolución de la economía, y elaborar un proyecto de inserción en un mundo crecientemente conectado y complejo. No por reivindicar la capacidad nacional ha de negarse que las problemáticas actuales que nos involucran como humanidad, de una complejidad sin precedente, requieren una estrecha colaboración entre todos los países. Los ejemplos más claros tienen que ver con el diseño de instituciones que organicen y regulen un justo y provechoso comercio internacional, un sistema financiero que promueva el desarrollo económico y no el enriquecimiento rapaz a costa de la vida de millones, y los avances sin precedentes en las ciencias biológicas, como lo fue la colaboración internacional que llevó al mapeo del genoma humano, y lo es el esfuerzo conjunto por encontrar una cura en tiempo record para el virus responsable de la primera pandemia global de la historia.

Existen dos conceptos que es preciso tener presentes. Ambos de Raúl Presbich, quien señaló la tendencia al deterioro de los términos de intercambio entre materias primas y alimentos, por un lado, y bienes industrializados por el otro. Esto significa que, de mantenerse estables los volúmenes exportados, su capacidad de compra de bienes y servicios desde el exterior, es decir, su capacidad de importar, se vería disminuida con el correr del tiempo. Esto es perjudicial para los países especializados en estos productos, como suelen ser los países en desarrollo, ya que tiene que producir cantidades más grandes de los mismos para lograr mantener el nivel de importación. A su vez, los países desarrollados, que exportan productos de alto valor agregado, se ven beneficiados por esta tendencia, ya que pueden comprar en el exterior las materias primas con cada vez menos trabajo. Como si no fuera suficiente razón como para buscar exportar valor agregado, Presbich sostuvo que la alta volatilidad de los ciclos económicos de los países periféricos, en comparación con los países centrales, respondía a la misma condición de productores de escaso valor agregado: En momentos de fuerte expansión económica, la demanda y los precios de las materias primas y alimento se disparan; cuando el ciclo económico entra en recesión, los precios de los bienes exportados caen fuertemente, lo cual golpea duramente a los países afectados. Para dar un ejemplo, argentinos y españoles tenemos conceptos muy distintos de lo que es una crisis económica.

Aún cuando no se llegue a un deterioro de los precios de los bienes exportados, a medida que los países crecen económicamente, crecen sus importaciones y se deteriora su balanza comercial. Para un país que se encuentra importando de modo creciente productos industrializados y no exporta valor agregado, esto significa una próxima crisis de la balanza de pagos, como lo demuestran los ciclos de pare y siga de nuestro país producto del cuello de botella por escasez de divisas. Estas caídas recurrentes generan un deterioro cada vez mayor en el tejido social y productivo de las economías en desarrollo, lo que torna cada vez más complicado la revertir la distancia con las economías desarrolladas. Por otro lado, los avances tecnológicos, ligados a las necesidades de la industria, hacen que cada vez más se sustituyen las materias primas de producción por otras. Durante el siglo XX, energía fue igual a petróleo (y a mc2), hoy ya no es tan así.

¿Qué le depara a la Argentina, cuando llegue el momento en que sea más rentable generar alimentos en laboratorios que comprar cosechas? Depende de las decisiones que tome en cuanto a su integración internacional.

Mercosur, política y economía

Durante el gobierno anterior, Macri no ha dejado frente sin perjudicar a la Argentina. En las relaciones internacionales, el presidente de la Fundación Fifa se paseó con los mandatarios del “primer mundo” con el deseo de ser y la vergüenza de no pertenecer. Llegó incluso a pedir perdón por la liberación de Argentina al rey de España, en nombre del general José San Martín. Luego critica públicamente el autoritarismo (quizás lo que moleste sea lo sudaca).

Internamente ha desatado una crisis económica que se ha cobrado millones de puestos de trabajo. Esto implica mayor pobreza, mayor desigualdad, mayor violencia, empresas que no producen, y niños que no comen, no estudian y no tienen la posibilidad de ser niños. Externamente ha sobreendeudado a la economía sin tener capacidad de repago, utilizando los fondos pedidos para financiar la campaña, fuga de capitales y ganancias de amigos. El mayor desembolso de la historia del FMI y no hay una cosa positiva para demostrar. En el futuro, sería deseable que los gobernantes sean legalmente responsables por el destino de los fondos sobre los cuales se hipoteca la vida de los argentinos y su descendencia.

En 2019, el canciller argentino Jorge Faurie lloró públicamente de alegría y felicitó al presidente Macri a raíz del acuerdo UE-MERCOSUR que viene trabajandose hace dos décadas. El mismo es un complejo acuerdo de apertura progresiva de las barreras arancelarias entre los países de las regiones, que aún ha de ser ratificado. Esto significa, en la práctica, que los productores locales, luego de un período de adaptación, tendrán que competir en igualdad de condiciones con productores europeos que hoy cuentan con una técnica y tecnología superior. Están contemplados mecanismos compensatorios y de apoyo para integrar las empresa latinoamericanas a las cadenas globales de valor (que hoy se encuentran en crisis y cuestionadas en sus fundamentos por los problemas derivados del coronavirus).

Hace días, el gobierno argentino se retiró de las negociaciones que el Mercosur estaba llevando a cabo con Corea del Sur, Canadá, India, Singapur y Líbano con el propósito de firmar tratados de libre comercio. Juntos por el Cambio publicó un texto en el que se acusa al presidente de utilizar la pandemia para frenar negociaciones de largo plazo. Allí se sostuvo que: “Para salir de la crisis, la Argentina necesita unir fuerzas con nuestros socios y no abandonarlos. Para salir de la crisis, la Argentina no puede tirar por la borda más de 30 años de esfuerzo en la construcción del Mercosur, impulsado por el presidente Raúl Alfonsín”

La terrible crisis económica a nivel mundial desatada por el coronavirus amenaza con ser superior a las peores crisis del siglo XX, y nuestro país no está exento de sus efectos. A este panorama internacional, donde la demanda se contrae y los precios de las commodities caen (al punto de que ciertos contratos de petróleo alcanzan valores negativos), nuestro país ha de transitarlo con una economía en crisis, con un profundizado grado de vulnerabilidad producto de la malicia o inoperancia del gobierno de la Alianza Cambiemos, que llevó al cierre de más de 25 mil empresas, con el consecuente aumento de la desocupación. Hoy en día muchas empresas tienen grandes dificultades para seguir funcionando, al punto que el Banco Nación ha salido a otorgar crédito a tasas reales negativas para el pago de sueldos y capital de trabajo.

En todo el mundo los Estados se encuentran en búsqueda de nuevos mercados donde colocar sus productos en un contexto internacional a la baja, con los cuales morigerar el impacto de la crisis en las cuentas nacionales. La Argentina enfrenta esta crisis sin precedentes con una crisis propia que desestabiliza su entramado productivo. Una apertura comercial en estos momentos significaría una sentencia de muerte a miles de empresas que no están en condiciones de competir con aquellas asentadas en economías más estables, las cuales inundarían nuestro mercado con sus productos.

Es curioso que se hable de “no tirar por la borda” al Mercosur, cuando el presidente Macri avaló del acuerdo de Montevideo en 2019 donde se habilita a los países miembros (con autorización unánime del resto) a realizar acuerdos bilaterales de libre comercio por fuera del Mercosur. Esto representó un punto de quiebre en la historia del Mercosur, ya que abre una grieta que fragmenta la realidad de la unión aduanera del Mercosur. No obstante ello, el paso que ha dado la Argentina es fuerte, ya que el mismo deja, por el momento, en un parate al acuerdo. Actualmente, sin la firma de los cuatro miembros, ningún acuerdo es válido. Esto tensiona con los intereses de los otros países miembros, por lo que es posible que en estos meses se trate la flexibilización de las normas que habilitan acuerdos bilaterales.

Esta situación pone en crisis la unión arancelaria, que es la punta de lanza de la unión latinoamericana para negociar con el mundo. La intención Argentina de una estrecha colaboración con sus hermanos es inquebrantable, pero dadas las circunstancias actuales, con los gobiernos de Brasil, Uruguay y Paraguay impulsando estos avances, es por el propio interés de los argentinos que el gobierno ha tomado esta distancia.

Conclusión

En cuestiones prácticas, demonizar o santificar nunca tienen un saldo positivo. La supervivencia es una cuestión práctica. El desarrollo económico también. La autarquía como horizonte, producir todo lo que se consume, es, además de la pesadilla de muchos economistas, una opción que nos deja afuera de los avances científicos-tecnológicos que se dan en todo el mundo, lo que implicaría un retraso creciente de la estructura productiva nacional y un incremento en la vulnerabilidad ante factores externos.

Del mismo modo, las creencias de que los tratados de libre comercio son la panacea, que las ventajas comparativas son el primer mandamiento, y que el mercado es el gran arquitecto del mundo representan, cuando llevadas a la práctica, una verdadera pesadilla para millones de hombres y mujeres que no tienen un lugar en la economía y la sociedad que el mercado mundial diseña, porque su capital acumulado (tanto maquinarias, riqueza, como know how) es inferior al de los trabajadores y empresarios de las economías desarrolladas.

Es en el verdadero interés de Argentina tener una relación sana e integrada con el mundo, pero este no ha de ser un fin en sí mismo, sino como medio para generar una estructura productiva que agregue cada vez mayor valor agregado nacional, lo cual incrementa la riqueza y el bienestar de toda la población, en un círculo virtuoso que tenga siempre presente que el interés común es el interés individual, que la Argentina somos todos, y que Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza.

Gustavo Traverso es Senador de la Provincia de Buenos Aires, por el Frente de Todxs, Argentina.