La magnitud de la abstención constituye el dato más revelador: no expresa sólo apatía electoral sino una desafección profunda respecto de la política formal que reedita, en condiciones históricas distintas, el “que se vayan todos” del 2001. Esta desafección trasciende las fronteras partidarias y revela el agotamiento de los formatos de representación vigentes. La defraudación de la promesa democrática vuelve a arder en la memoria de las viejas generaciones y emerge en las nuevas con una enajenación de la política formal que se expresará inevitablemente en los guarismos electorales de octubre.
Por ello tanto el voto como el no voto expresan impugnación al gobierno nacional.
La crisis actual no puede ser comprendida como un fenómeno de superficie. Se trata de fracturas superestructurales que atraviesan el conjunto del bloque dominante y que se manifiestan en múltiples dimensiones. La fragmentación del establishment se acelera de manera acelerada: los gobernadores provinciales, que constituían un eslabón clave en la cadena de gobernabilidad del proyecto libertario, toman distancia estratégica. Sus relaciones con las empresas del sector financiero los colocan en posición de manejar información privilegiada, y todo indica que estos sectores están retirando su apoyo al experimento mileísta.
El propio sistema mediático que aportó decididamente a entronarlo ahora muestra fisuras significativas. Salvo un pequeño puñado de mercenarios del discurso, las líneas editoriales de los grandes medios fueron unívocas en condenar, exponer y echar a andar un dispositivo de horadación del gobierno. Esto expresa el hartazgo y el juego de un sector del bloque dominante con asiento local, revelando que la crisis del mileísmo ha comenzado a ser leída por los sectores dominantes como un experimento que ya no garantiza estabilidad.
Los sectores del poder económico —tanto el extranjero que conduce los destinos de un país subordinado como el local que se beneficia de ese modelo de acumulación— interpretan con claridad el mensaje: el experimento no puede ordenar las variables políticas que, sin control, pueden derivar en inestabilidad. Esta lectura del establishment financiero resulta crucial porque marca el momento en que los sectores dominantes preparan el terreno para abandonar un experimento que consideran agotado.
El debilitamiento por arriba: anatomía de un colapso acelerado
La profundidad de la crisis del mileísmo no proviene de la resistencia popular ni se agrava porque la oposición tenga reflejos o capacidad. El debilitamiento acelerado del gobierno es fundamentalmente un fenómeno que se produce “por arriba”, expresando contradicciones internas del bloque dominante más que descontento social organizado.
Los escándalos de corrupción que involucran al entorno presidencial no constituyen accidentes sino la expresión inevitable de un proyecto político estructuralmente corrupto. La crisis no es meramente moral sino política y económica. Los sectores que inicialmente apostaron al experimento libertario comienzan a experimentar el abandono de sus intereses y la imposibilidad del proyecto de articular las contradicciones internas del capitalismo argentino.
La fractura interna del bloque dominante se manifiesta entre quienes apuestan al saqueo especulativo de corto plazo y quienes entienden que cierta capacidad estatal es necesaria para la acumulación capitalista a largo plazo. El mileísmo enfrenta su incapacidad para articular estas contradicciones, generando inestabilidad que termina perjudicando incluso a sus propios beneficiarios iniciales.
Mientras se desarrollaba la campaña electoral bonaerense, el gobierno profundizaba la bicicleta financiera más grande del mundo, donde un jugador especulativo en Argentina conseguía tasas del 11% mensual que no se obtienen en ningún lugar del mundo en un año entero. Los números son reveladores: 500% creció la base monetaria de un gobierno que niega haber realizado emisión monetaria, mientras que 15.000 millones de dólares se fueron del sistema financiero desde que se liberaron las restricciones cambiarias.

Este dispositivo financiero que se expande mientras el empleo y los salarios se contraen constituye un programa de transferencia de recursos de los argentinos hacia el capital financiero que encuentra en la eventual devaluación su herramienta central. El establishment financiero que celebró inicialmente la llegada de Milei empieza a expresar inquietudes sobre la sustentabilidad del modelo, toda vez que percibe que se agota el ciclo de saqueo mientras la inestabilidad política amenaza la continuidad del esquema especulativo.
La visita de Milei a Michael Milken —el “rey de los bonos basura” y ex convicto por delitos financieros— ilustra el carácter subordinado del proyecto libertario. El encuentro con corporaciones estadounidenses, incluido JP Morgan donde trabajó (o trabaja) la totalidad del gabinete económico argentino, constituye una escena donde el primer mandatario aparece como una marioneta subordinada, evidenciando la crisis de un poder en descomposición.
Pasividad social y resolución por arriba
Paradójicamente, la derrota electoral del oficialismo no se tradujo en un despertar inmediato del descontento social organizado. El reflejo social inmediato fue de pasividad y expectativa. La misma enajenación y defraudación democrática que se expresa en la abstención electoral fagocita la posibilidad de un reflejo social colectivo ante el ataque antinacional que se viene operando.
Esta situación no elimina la existencia de pequeños núcleos de resistencia, pero estos son sobreexpuestos y sobre-reprimidos con costos mínimos para el gobierno. La represión no es reactiva sino fundamentalmente preventiva, buscando anticipar y neutralizar las protestas sociales que inevitablemente generará la profundización del ajuste.
La crisis de legitimidad y de poder es “por arriba” y en el corto plazo se resolverá “por arriba”. El sistema político anticipa la crisis y acelera las negociaciones para reconstruir un espacio de poder que asegure gobernabilidad, independientemente de los resultados electorales específicos.
En este contexto, el gobernador de Buenos Aires Axel Kicillof se posiciona como el referente ineludible para el resto de los actores del poder político. El resultado electoral lo coloca en una mesa reducida de poder político que se prepara para transitar la crisis. Kicillof no debe ser equiparado con el conjunto del sistema político, porque será un referente indispensable para la salida de esta crisis, capaz incluso de abrir espacios para generar mínimos saldos a favor del campo popular.
En la necesaria recomposición del sistema político, aparece como el dirigente capaz de articular con actores sociales que funcionen como vehículos para canalizar mecanismos de contención de los desbordes de la crisis. No se trata de un insurgente sino de alguien que puede recomponer gobernabilidad y normalidad sistémica ampliando la base social del estado sobre todo recuperando capacidad estatal.
El poder económico mantiene diálogo con todos los actores de un sistema político al que sigue condicionando para el diseño de la planificación económica y política. En este esquema, Kicillof representa una alternativa que puede ofrecer gobernabilidad sin romper con los intereses dominantes fundamentales, pero también abre espacios para políticas más favorables a los sectores populares.
Escenario de Transición y Perspectivas
Las elecciones legislativas del 26 de octubre se perfilan como el momento donde se definirá la velocidad del colapso mileísta y las condiciones de la transición política. Una derrota electoral significativa del oficialismo precipitará la crisis del proyecto, pero también acelerará las negociaciones entre los sectores dominantes para encontrar una salida “ordenada” que preserve sus intereses fundamentales.
El contexto de alta abstención y desafección política genera un escenario donde los resultados pueden no reflejar una voluntad nacional, sino la capacidad diferencial de las fuerzas políticas para movilizar sus bases en un marco de desinterés generalizado.
La crisis del proyecto mileísta se desarrolla, además, en un contexto internacional donde el establishment estadounidense que lo sostiene atraviesa una crisis hegemónica. Mientras se consolida la multipolaridad mundial y Estados Unidos enfrenta crisis internas, el gobierno argentino profundiza su subordinación al imperio en declive, limitando aún más sus márgenes de maniobra.
Reflexiones finales: entre el colapso y la recomposición sistémica
La crisis terminal del mileísmo no es solo la crisis de un gobierno sino la crisis de un modelo de país que debe resolverse en el corto plazo. La Argentina se encuentra ante una redefinición que trasciende las alternativas electorales inmediatas, donde la corrupción del gobierno opera como catalizador de procesos políticos más amplios que desnudan las contradicciones del proyecto libertario.
La tarea histórica consiste en no permitir que la crisis del mileísmo sea resuelta desde arriba mediante un simple recambio de figuras que mantenga intacto el carácter dependiente del modelo. Sin embargo, la pasividad social inmediata y la resolución “por arriba” de la crisis sugieren que, al menos en el corto plazo, la recomposición del sistema político se producirá dentro de los marcos de la gobernabilidad capitalista y con subordinación occidental con Kicillof como articulador de una transición que busque combinar estabilidad sistémica con algunas concesiones a los sectores populares.
Dr. Fernando Esteche* Dirigente político, profesor universitario y director general de PIA Global
Este artículo ha sido publicado originalmente en el portal United World International
Foto de portada: UWI data

